Umbrales por Diego A. Moreno

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Imagen tomada de Pinterest

 

 

 

Salí del café y me fui sonriendo.

No lustré mis zapatos aquel día porque no lo vi necesario, ni me tomé las pastillas. Percibí un aire fresco y mundano, tal como me gustaba para disfrutar de una tarde que pronto acabaría. Los transeúntes pasaban como si alguien los persiguiera, tal vez el tiempo, o su abuela, pero en mí la energía fluía como colores olor a canela.

Canela.

Un remolino tomó mi cuerpo y me llevó empujándome hacia dentro de su vórtice.

Entré en él y me sumergí sonriendo.

La música se hizo notar cuando sentí mis posaderas en la antigua silla de mi tía Iveth. Los niños corrían como locos en un juego de vaqueros contra indios; a mí me parecía muy violento para mi edad, ni me gustaba evocar dentro de mi cabecita aquel genocidio que sufrieron los nativos a causa del hombre blanco. Era terrible nomas pensar en todas las familias y generaciones perdidas por la fiebre del oro y del poder. Mis piernitas danzaban al son de un jazz que vi muy propio para mi gusto, lo cual agradecí en silencio a aquella persona que tuvo esa gran idea de poner el buen disco de Charles.

Era más húmedo y cálido, por eso vestía mis pantalones cortos, camiseta de campo y un trapo viejo que rodeaba mi cuello, evitando que el sudor me empapara de más. Todo iba tranquilo, como siempre, yo alienado de la algarabía infantil, hasta que un objeto pesado se estrelló contra mi cuerpecito y caí de lado, trayendo conmigo a la silla. Mi tía Iveth gritó desconsolada porque una pata rota salió volando y se impactó en el pastel.

Yo reí, porque sentí unos besos mojados que eran de Tobby, el perro guardián de Alonso, mi primo de Puerto Rico. Los niños estaban alegres, como yo, ya que era algo divertido para recordar.

Ah… el olor al chocolate de mi tía, y su perfecto toque de canela.

Era tímido, pero ese momento me pareció perfecto.

Y el suelo me tragó, como si hubiera sido una capa acuosa café.

De seguro estaba yo estaba sonriendo.

Ahora mis manos temblaban, posadas frente a una composición de barras de marfil apretujadas con lo que parecían pedazos de carbón bien formados, y que entre ellos simulaban una multitud de blancos y negros en una fila hacia el abismo. Ahí supe por el viejo John Watson que aquel gran pedazo de madera era un piano. Él me dijo que esto nos liberaría a todos los de color, no nomas de las cadenas que todavía existían en una sociedad donde gobernaban los otros, sino que también desataría el espíritu que nos conectaba con nuestros ancestros de la gran África. Yo le pregunté qué era África y él se rio porque yo todavía era un niño y se me tenía prohibido estudiar. Calmo, con una ternura que sintieron las fibras más profundas de mi ser, su voz se volvió una melodía llena de puntitos oscuros y bemoles, haciéndome viajar hacia tierras lejanas, donde la paz y tambores revolvían mis pies en un acto divino; y se lo agradecí, se lo agradecí hipnotizado con la música que siguió; la fineza de sus vibraciones me hacía pensar que así hablarían los propios dioses, y se lo agradecí también; mis manos crecieron, se volvieron más acolchonadas y largas; el viejo Watson cada vez era más viejo, y su semblanza traslucida, pareciéndose a la del rayo de luz que iluminaba mis días y mis noches.

Sir Cakes llegó con sus bigotes marrones y posó su felina figura al lado mío cuando ya tenía suficiente edad para tomar licor. En ese momento yo era la música, y mi sonrisa cautivaba hasta a las moléculas invisibles que aplaudían a ese concierto privado que les propinaba todas las mañanas, a la misma hora. Cakes entonó conmigo nuestra canción favorita, una de Baker, romántica, que me hizo recordar a Rosa, la primorosa dominicana que conocí en mis últimos años de secundaria y me diera mi primer beso.

—¡Eh, te estás desentonando! —me gritó el gato.

Yo ni sabía que mis manos estaban fuera del piano, acariciando al aire.

—Perdón, me distraje —me disculpé.

—¿Pensando en Rosa otra vez, eh?

No se lo pude negar, así que afirmé con mi boca.

—Vaya, vaya. Estás más solo que el gato gordo de los Pope.

—Yo no me siento solo.

—Claro, querido…, ¿qué no ves que hablas con un gato?

—¿Y qué tiene eso de malo?

Sir Cakes suspiró profundamente y se empezó a acicalarse la cara.

—Le hablas a tu gato, el glorioso y magnífico Sir Cakes, y también al endemoniado perro ese callejero que se llama… que se llama…

Diógenes.

—Ese, ese. Vaya nombre. Tú sabes que esto hace que la gente te vea raro, y muchos, en vez de acercarse, se alejan, tal como tus padres alguna vez lo hicieron.

—Oiga, Sir Cakes, eso es mezquino de su parte.

—Lo sé, lo sé —se disculpó con reverencias graciosas—, pero soy franco como cualquier gato lo es, y como te estimo, querido humano (ojo, que otros de mi especie no son tan empáticos), te digo que necesitas ayuda de aquí.

Apuntó a su peluda cabeza. Mientras yo seguí tocando una pieza ligera porque me sentía feliz.

—¿Ayuda? Ya tengo toda la ayuda del mundo; la música, tú, Diógenes, el viejo Watson y doña Aubrey en la fábrica.

—Sí, sí… empezando con ese viejo que ya lleva tiempo muerto. Te digo que me preocupas, y me preocupa que pronto nos saquen a patadas de tu departamento.

—Eso no pasará. Me condonaron este mes, así que la deuda la podré pagar después, cuando tenga un mejor trabajo… —no me dejó terminar.

—Y eso, te repito, es lo que me preocupa. No siempre se vive de la caridad, humano. Yo, por ejemplo, vengo acá a cada ensayo tuyo, soportando a este artilugio que se desafina constantemente, cumpliendo con mi cometido… del cual ojalá hubiera más comida como recompensa.

—No cualquiera tiene un piano, menos alguien de color, como yo, y esto me es suficiente.

—Esto es o fue un piano, sí, pero suficiente… no. Necesitas ayuda psicológica, te digo.

Dos hadas hermosas pasaron por el lugar y nos saludaron. Me dijeron que me veía más radiante que en otras ocasiones, que eso era un augurio que días mejores vendrán. El gato se quedó confundido por lo ocurrido.

—¿No vas saludar a las bellas damiselas?

—¿Cuáles damiselas dices?

—Las aladas… ah, ya se fueron.

—¿Ves? No te digo, ahora ves hadas que ni yo percibo. Y los gatos vemos más cosas que los humanos, cosas y criaturas que no los dejarían dormir en toda su humana vida. Ni te platico de los portales, que de esos se me tiene prohibido hablar.

Yo me reí de la palabrería de mi pequeño amigo y dejé que mis manos pasaran por un candoroso allegro, pero una arañada de Sir Cakes paró la música.

—¡Auch! No hay necesidad de ser violento, Sir Cakes.

—Es que si no lo hago, empiezas a ver y a escuchar cosas que no son, y por lo tanto no me pones atención.

—Está bien, yo te escucho.

—Qué bueno, porque lo que te voy a decir va a cambiar tuuu… viii… daaa…

Yo estaba asustado porque la boca de Sir Cakes se abrió muy grandota, así como un hoyo oscuro y gigante que me tragó de un bocado.

Ya no estaba contento, lo sabía porque el terror ahogaba mis bellos sentimientos y me hacía sentir los peores miedos de mi vida. Los golpes de mi padre, que era un pastor amante de la bebida y de sus amigas que invitaba a la casa; de mi tía Iveth, cuando me hizo limpiar mi vómito con mi camiseta favorita; de mi abuela degollando a la gallina ponedora Madame Suzzane; al viejo Watson babeando y tocándome raro; de doña Aubrey y sus pálidas caderas regordetas temblando sobre mis piernas; a Sir Cakes comiéndose a una rata muerta; y yo….

Yo.

Yo, yo, yo.

Yo…

 

Acariciando el asfalto de la calle, no muy lejos del café en que solía trabajar, los sonidos de los coches me habían despertado. Hacía mucho frío y mi barba crespa había crecido mucho. Un perro pasó al mi lado y me gritó una grosería antes de irse. Dos ancianas se dieron la vuelta para no pasar cerca de mí.

¿Dónde había estado todo este tiempo? No lo sé. No recordaba haberme puesto estos guantes sucios y viejos, dejando expuestos mi meñique izquierdo y mi pulgar derecho. Me dolía la espalda y las coyunturas. La música era monótona, triste. Crucé la calle, abrazándome para que el abrigo no se abriera porque le faltaban botones.

El vapor de mi boca expelía esqueletos que desaparecían con la bruma de la ciudad. Me sentía solo. Perdido. La gente ya no saludaba, ni los animales. Me sentía un paria, todavía más bajo que un vagabundo. Escuché de unos borrachines del pub «Oficina del jefe» que me apuntaban llamándome «el loco de las voces».

No quise escucharles, me tapé los oídos; sin embargo, sus caras narraban burlas hacia mi persona. ¿Qué me había pasado? Yo era alegre, estaba feliz con la vida, aun con sus altibajos que siempre pude tolerar. Llegué a un callejón que parecía no ser ocupado por nadie y me acurruqué sobre la pared, dejándome caer al suelo.

Quería que un remolino me ahogara, pero no fue así. Quería que el suelo me succionara, pero tampoco fue así. Quise encontrarme con un gato, pero a lo sumo vi unas ratas pelear por un pan rancio y otro tipo de alimañas a punto de congelarse. Solo… solo estaba.

No me acordaba ni de mi nombre.

No sé por qué me llegó por un momento la idea de que ayer yo era un rey africano, que justo acababa de hacer un viaje a un lugar extraño donde se habla un idioma que desconocía; la gente era de otro color, mucho más claros que los de mi pueblo. Creí haber hecho lo correcto al hacer la excursión diplomática, no obstante, nada de eso me dejó tranquilo.

Y mis pies se congelaban; las suelas de mis zapatos estaban a punto de despegarse. Era mejor no moverse para no darle cabida al gélido aire.

Si mi memoria no fallaba más, ese rey que tenía mi cara se llamaba Glodie Um’Lunatu, primero de su nombre, de un significado que solo mi regio padre conoció. Desconozco la razón de por qué me sentí un pianista viviendo en un país extranjero, rezagado de las razas nobles, un esclavo de esta sociedad que no le importaban mis derechos más humanos.

Sentí agonía por el frío y el hambre.

Cerré mis ojos porque quise desaparecer del reino de este mundo. Muchos como yo pasaron experiencias terribles en el transcurso de los siglos cristianos, añorando el pasado de cuando éramos libres, hijos de la naturaleza, aliados de lo más prístino de la vida misma. Habían proyecciones de chamanes, sacerdotes; políticos y guerrilleros; un presidente; música colorida, o triste, o violenta; y yo, un sin-nombre olvidado en los rincones de una ciudad ficticia, escuchando lo que dice un señor que presiona sus dedos sobre un piano atiborrado de teclas con letras tornasol, y que éste quisiera abrazarme…, pero por fin terminará este cuento para que mi persona descanse en paz… no sin irme con la esperanza de que los míos vivan un mundo más justo, y así con los demás.

Blog de Diego Moreno: Chancla Azteca.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. elcieloyelinfierno dice:

    Brillante y reflexiva entrada!! Un relato corto; con una narrativa que descubre el telón de las miserias del mundo, principalmente aquellas alineadas a la falta de libertad, expresarse y pensar distinto. Un cordial saludo.

    Le gusta a 1 persona

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