Dos veces la hora por Alejandro Villaverde Viayra

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Imagen tomada de Pinterest

Esperó el camión en la parada más cercana al cementerio, en una vieja estación de tranvía.

Era un horario solitario, su teléfono se había quedado sin batería y el reloj de la parada, con su vidrio sucio y rayado, tenía mucho de haberse parado.

Suspiró mientras caminaba sobre el adoquín cuarteado, barriendo con la vista en busca de cualquier detalle insignificante que le diera unos segundos de distracción. Cualquier cosa era mejor que quedarse solo con sus pensamientos.

De las vías solo quedaban dos discretas tiras metálicas que se perdían en el horizonte, el resto había sido cubierto con concreto cuando fue el travía fue sustituido por camiones. El lugar quedó justo como estaba, solo cambió su propósito; o eso pareció, porque el mantenimiento fue cada vez más infrecuente hasta detenerse por completo.

Los postes y las cadenas que evitaban que las personas cayeran a las vías se habían oxidado hace mucho, el adoquín perdió la batalla contra los árboles y fue desplazado violentamente por las raíces creando desniveles difíciles de sortear; incluso los faroles a los que se les sustituyeron las velas por focos, fueron descuidados hasta que el polvo opacó el cristal.

Estaba fuera de lugar.

Las estatuas de cobre que fingían alguna actividad cotidiana: el cartero que repartía las cartas, el hombre que barría las hojas, el anciano que esperaba en la banca e incluso la niña que perseguía algo invisible, parecían mejor situadas en el escenario que un estudiante universitario.

Por lo que sabía, esas esculturas habían sido colocadas cuando finalmente dejó de pasar el ferrocarril… Tal vez en el mismo momento en el que el reloj dejó de funcionar.

¿Cuánto tiempo había pasado admirando su entorno? Suficiente para que el cansancio en sus piernas lo invitara tomar asiento junto a la estatua del anciano. No era mucho, a decir verdad, ya estaba agotado cuando llegó y no tenía la mejor de las condiciones.

¿Qué marcaba el reloj? No podía distinguir bien, pero parecía ser que la manecilla estaba apenas pasando la posición de las nueve y la de los minutos pendía completamente vertical. No debía estar muy lejos de la hora real.

Quizá era que la hora estaba bien y no había pasado ni un minuto desde que  llegara. Sería divertido que así fuera, que esperar realmente le pesara tanto que parecía que el tiempo se hubiera detenido.

Distracción, divertido… Una cadena de pensamientos que no quería seguir.

En su rescate llegó un sonido burbujeante.

Plop.

Una pausa y de nuevo.

Plop.

El intervalo entre cada sonido se acortaba, casi como si el tranvía se estuviera acercando a través del tiempo y de la ficción hacia su lugar propulsado por burbujas fantasmales.

Perdido en su ensueño, no se percató de la chica que entró cruzando la cebra, por el frente de la estación, hasta que sus zapatos repiquetearon contra el adoquín. Su vestimenta era formal, no necesariamente luctuosa, pero de donde venía solo podía ser del cementerio.

A menos, claro, que hubiera bajado del tren fantasma.

Llevaba un abrigo elegante, una blusa blanca con una falda negra y tacones. Intentó no mirarla fijamente, pero era lo único movimiento en esa estación parada en el tiempo. La joven, que podría tener su edad, o quizá ser un poco mayor, siguió caminando hasta la misma banca.

Conforme se fue acercando su semblante cobró forma: llevaba el ceño fruncido y apretaba con fuerza los labios, sus brazos marcaban cada paso como si estuviera realizando una marcha militar, su saco también ondeaba detrás respetando esa cadencia marcial.

Sus miradas se encontraron. Claro, no le había quitado la mirada desde que entró.

Imaginó que la expresión sombría era reproche por su indecencia, pero no debía ser tan molesto si de todas formas terminó ocupando la misma banca, el espacio al otro lado del anciano. Por cualquier cosa, decidió que no molestaría más a la señorita.

Intentó contar el tiempo a través de sus latidos, pero su corazón se aceleraba queriendo escapar. Se permitió una fantasía más, pensar que la joven del otro lado era quien lo aceleraba, una suerte de amor a primera vista en una edad en la que ya era más difícil creer en esa clase de cosas.

Vaya que era difícil.

El suspiro de la señorita lo devolvió a la realidad; fue uno doloroso, quizá ella también tenía una tormenta interior. Quizá lo mejor era que se distrajeran mutuamente, como dos desconocidos.

—Disculpa —se aclaró la garganta, su voz sonó más silenciosa de lo que le hubiera gustado—. Perdón que te moleste, mi teléfono se ha quedado sin batería, ¿podrías darme la hora?

Ella agachó la cabeza un momento y luego miró hacia el reloj de la estación y le reportó lo que él más se temía.

—Son las nueve y media, aproximadamente —contestó sin atisbo de broma.

No, podía ser que tuviera su teléfono oculto entre las piernas para que no pudiera determinar su valor, y lo hubiera consultado para no verlo a la cara.

—Pues parece que estaremos atorados aquí por un tiempo —agregó él sin nada mejor que comentar—. No es como si los camiones tuvieran un horario, a diferencia del tranvía.

Entonces el reloj era importante. Ahora no era más que un accesorio.

—Ese reloj se siente… —comenzó a decir ella.

—¿Como si marcara la hora real? —concluyó él—. Aunque de pronto también siento que se burla de mí o, bueno, de nosotros ahora.

Ella solo asintió con seriedad, dando paso a otro episodio de silencio. La conversación con una extraña no sería muy productiva, mucho menos para alguien como él que nunca había sido bueno hablando.

—Desde esta banca se puede ver muy bien todo lo que nos rodea —examinaba todo como él había hecho hace un rato—. Incluso se puede ver la entrada al cementerio…

El silencio ahora estaba cargado de una pregunta implícita.

—Supongo que la mayoría de los que usan esta parada es porque visitaron a alguien, ¿no? —era lo menos comprometedor que podía decir en ese momento. Lo menos doloroso.

—Hacia donde no se puede ver, porque la mayoría de los faroles están fundidos, es al camino que viene —se puso de pie y se apoyó sobre las cadenas, asomándose en contra de la circulación—. Tampoco se ve muy bien hacia dónde van.

—Los faros nos permitirán saber cuándo es el momento.

—Aunque se siente como si nunca fuera llegar.

—Es verdad que la espera se siente eterna.

Hasta una conversación del clima sería más natural que la que estaban forzando. Hablar de la espera para no reconocerla, para llenar los silencios.

—Así me siento desde ese día, ¿sabes? Lo último que hicimos fue discutir y luego pasó —ella le confió de pronto, como si no hubiera podido resistirlo más.

—Quizá haya hecho algo similar, supongo que no es tan raro —intentó racionalizar—. Uno no imagina nunca que esté teniendo su última conversación.

Esperó un instante, para ver si tenía algo más que decir y, como no fue así, decidió que era su turno de revelarse.

—La verdad es que yo solo vine a comprobar que realmente estuviera aquí —admitió señalando con la cabeza hacia el cementerio—. Si me lo hubieras preguntado antes te habría dicho que esa persona arruinó mi vida, me hirió de una forma profunda e incurable. Pienso que es responsable de todo lo malo que me pasó, pero si reflexiono un poco, lo bueno también vino a raíz de esa herida. Cuando me paré frente a su tumba no supe que decirle, me quedé congelado como aquella vez y solo desperdicié mi tiempo.

Los faros del camión, o tal vez del fantástico tranvía, se avistaron a la distancia y los dos se pusieron de pie preparados para abordar. Se miraron, como si tuvieran algo más que decir… pero ninguno lo dijo.

—Lo intentaré de nuevo el siguiente mes —fue lo último que ella le comentó.

¿Había detrás una invitación? ¿O solo era una declaración de voluntad? Finalmente, los problemas pesaban menos cuando los compartías con otros, incluso si eran extraños.

Silenciosamente, decidió hacer lo mismo y esperó para volver a verla.

Al mes siguiente visitó el cementerio y se congeló hasta que anocheció nuevamente. Salió a la parada y se sentó en la banca a esperar.

Del anciano solo quedaban los pies que estaban adheridos al piso. Las figuras habían sido removidas, incluso las manecillas del reloj habían sido arrancadas. Incluso el viento parecía empeñado en sugerir movimiento, arrancando las hojas de los árboles, arrastrándolas por el piso. ¿Dónde estaba el barrendero cuando más se le necesitaba?

Esperó entre la desolación, perdido en su teléfono. Cuando se cansó de navegar por internet, se concentró en el segundero virtual que avanzaba indiferente a su propia percepción.

Los faros del camión se divisaron a lo lejos.

Blog de Alejandro Villaverde: Querido fantasma.

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