Quetzalpilli por Ana Laura Piera

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Imagen tomada de Unsplash

 

 

Quetzalpilli parecía un bultito color canela en medio de su cuna. Sus rasgos indígenas eran muy armoniosos y el negro de sus ojos tenía el brillo de la piedra de obsidiana. Resultó ser un niño fuera de lo común. A los tres meses yo lo vi moviendo de forma extraña sus manitas, como si el aire fuera tierra y quisiera moldearlo; se formó un pequeño remolino que se soltó por la casa levantando objetos: un cenicero, un bolígrafo y el libro de mi madre. Sentí mi cabello moverse por las ráfagas que generaba, de repente el remolino perdió fuerza; el cenicero acabó golpeando a mi padre, el bolígrafo se clavó en una pared y el libro quedó deshojado por la estancia. Alicia corrió para recoger a su hijo y se encerró en su habitación antes de que alguien tuviera tiempo de quejarse por el incidente.

Alicia era mi abuela, que tras siete noches de sueños extraños con un indio muy viejo que le hablaba en una lengua desconocida, en la octava increíblemente recuperó la juventud y también dio a luz a un bebé. Tras escuchar berridos, corrí a su habitación y lo que vi no lo olvidaré jamás: sobre su cama estaba una atractiva mujer de aspecto familiar que me miraba con una mezcla de espanto y sorpresa. De sus magníficos senos manaba un río de leche, y de entre sus piernas ensangrentadas asomaba un recién nacido, unido aún a ella por el cordón umbilical, al que nombró Quetzalpilli, que en náhuatl significa «Hijo del Quetzal».

A todos en casa nos costó trabajo aceptar la nueva realidad de la abuela, que ya no lo era, sino una sobrina de mi madre que había llegado a vivir con nosotros y acababa de dar a luz. «¿Y Doña Alicia?» preguntaban las vecinas. «La abuela se marchó al pueblo». Esa versión acallaba unas sospechas y levantaba otras, pues las señoras chismosas se escandalizaron de que mi madre aceptara a una joven en la casa sabiendo el tremendo donjuán que era su marido. Y tenían razón. A mi padre se le encendió un apetito voraz por Alicia , la piropeaba, le pellizcaba el trasero, la miraba lascivamente y todo frente a mi madre. Una noche lo sorprendimos queriendo entrar a la habitación donde dormían ella y su hijo, pero la cerradura se puso inexplicablemente al rojo vivo y le quemó la mano. Dejó de molestarla, o eso pensamos, hasta el incidente de las culebras.

Alicia me contó que papá había querido darle un beso a la fuerza en la cocina. Fue entonces cuando el piso perdió firmeza y en su lugar apareció un mar de culebras color agua sucia, tallándose y enredándose unas con otras. Yo estaba en el jardín y entré al oír los gritos ahogados de mi padre a quien los reptiles ya habían casi cubierto por completo. Curiosamente, alrededor de la muchacha no había ninguna. De repente, desaparecieron todas excepto dos: Quetzalpilli blandía una en cada mano y sonreía.

Después de eso mis padres discutían siempre. Él quería correr a la joven y a su hijo, y ella le reclamaba su actitud. Una noche, además de los usuales gritos, oímos golpes y lamentos. Salimos al pasillo, Alicia llevaba al niño en brazos; nos pusimos frente a la habitación principal para escuchar mejor. Quetzalpilli —que por esa época ya caminaba— hizo ademán de que lo bajaran al suelo. Con una seriedad y determinación que no correspondían a su edad, extendió un brazo y la puerta se abrió de golpe a pesar de estar con el seguro. Vimos a mi padre a punto de soltarle un puñetazo a mamá que ya estaba malherida y en el suelo. El niño levantó su mano y papá se elevó también, como tirado por una cuerda invisible hasta que quedó casi en el techo. Algo le impedía gritar, pero pataleaba fuertemente y sus ojos parecían querer salírsele de las órbitas. De repente Quetzalpilli movió la cabeza hacia un lado y la triste marioneta se esfumó, exactamente como las culebras unos días antes.

No crean que lo extraño, todos estamos mejor sin él, pero tengo curiosidad de saber a dónde lo mandó el niño. También me gustaría conocer cuál es la misión de Quetzalpilli en este mundo. Creo que cuando pueda hablar se lo preguntaré. Mientras tanto estoy seguro de que seguirá sorprendiéndonos.

Blog de Ana Piera: Píldoras para soñar.

8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. elcieloyelinfierno dice:

    Muy buena entrada, Ana. Pero me da la sensación que ya la habías publicado. ¿Puede ser? Un cálido saludo.

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    1. Ana Piera dice:

      Si, de hecho lo menciono en la entrada de mi blog. Ésta fue una aportación a Masticadores. Saludos!

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      1. elcieloyelinfierno dice:

        👌😊🤗

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  2. JascNet dice:

    Impresonante relato, lleno de misticismo y magia.
    ¡Ojalá un Quetzalpilli en cada casa donde habita un maltratador!
    Me ha encantado ese ritmo que le has dado, que te lleva desde el misterio y la dulzura inicial, hasta la tensión y la justicia final.
    Mezclando maravillosamente ese halo de fantasía con un problema tan real como ruín y despreciable.
    Felicidades, Ana, y encantao de encontrarte por estos lares.
    un Abrazo.

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  3. Fantástico. Felicitaciones amiga.

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  4. themis t. dice:

    No lo había leído, muy buen relato, te va llevando y te atrapa hasta el final. Un abrazo

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  5. Lo que cualquiera que viva con un maltratador le gustaría que pasara, que se esfumara, hacerlo desaparecer.

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