La receta por Ana Laura Piera

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Imagen tomada de internet
 
 
Habiendo fallecido mi marido y yo con problemas económicos, me presenté en el pueblo de Los Ranchos, lugar de origen de su familia, para reclamar la receta del famoso ponche de granada que elaboraba su ya anciano tío Héctor. Cuando bajé en la estación de autobús, la humedad y el calor me golpearon desagradablemente; subí a un taxi sintiendo que, por el sudor, el vestido se adhería a mi cuerpo como una segunda piel, y durante todo el trayecto al domicilio que le señalé, el maldito taxista no dejaba de observar mis pechos a través del espejo retrovisor. Pensé que tal vez debí haberme puesto algo menos escotado.
 
El tío Héctor se sorprendió al verme, pero me recibió muy amable. Pasamos al jardín, lleno de plantas exuberantes y bien cuidadas, que era el área más fresca de su casona. Era viudo y no le gustaba que nadie le ayudara en casa así que pensé que seguramente él mismo se encargaba de su cuidado. Aprovechando el frescor que daba un frondoso mango, conversamos mientras tomábamos sendos vasos de su famosa bebida; esta se servía con un puñado de cacahuates dentro del líquido, así cada vez que uno tomaba un sorbo normalmente atrapaba uno o varios y los sabores se mezclaban en la boca haciendo un maridaje perfecto.
 
El hombre rondaba ya los ochenta años, mismos que llevaba bastante bien, y aunque a sus ojos azules el tiempo les había robado el brillo, aún se movía con agilidad. Era él y solo él quien se ocupaba de la elaboración de su elixir, para lo que se encerraba en una habitación sin ventanas especialmente diseñada para eso. Otros productores en la región intentaban igualarlo, pero ninguno como su ponche de granada; su fórmula tenía un secreto por el que muchos harían cualquier cosa.
 
—Tío, usted no tuvo hijos, no tiene más familia que mi buen Roque, que Dios lo tenga en su santa gloria —hice una pausa para persignarme, cosa que seguramente hice muy mal pues yo no era devota en absoluto y el hombre sonrió divertido al ver mis atontados movimientos—. Como su viuda, ahora soy yo su único familiar, don Héctor, y creo que tengo derecho a la receta. Necesito iniciar un negocio.
 
En el lugar donde antes se había asomado su sonrisa, ahora se había instalado una sombra y sus ojos deslavados me miraron con dureza.
 
—¡Ay niña! Todavía no me estoy muriendo. ¿No te parece de muy mal gusto que aún no se enfría el cuerpo de mi sobrino y tú ya estás aquí reclamando cosas? —su ácida respuesta no me iba a disuadir tan fácilmente.
 
—Usted aún se ve vital, pero la muerte lo puede sorprender a uno cuando menos se lo espera, y no querrá llevarse su fórmula a la tumba —dije animada por el mezcal que contenía la bebida.
 
—Esa receta solo puede pasar a alguien que sea de verdad familia, no insistas. Mejor regrésate por donde viniste —se levantó e hizo ademán de acompañarme a la puerta.
 
—No sea así, ya es muy tarde y estoy algo tomada. Déjeme quedarme esta noche, por favor. Le prometo que mañana me voy y ya no le molestaré.
 
Esa noche me quedé en una de las habitaciones de la casona. Además de venir de una familia de abolengo, el viejo había hecho una fortuna vendiendo su bebedizo; era un hombre con recursos, tenía propiedades, dinero en el banco y una fórmula muy valiosa. Una idea me empezó a bailar en los sesos y no me dejó dormir. Me levanté en la madrugada y caminé la distancia que me separaba de su dormitorio, abrí la puerta con cuidado; roncaba como bendito. Me metí en su cama, que olía a medicinas y mentol, y restregué mi cuerpo desnudo con el de él; para cuando se dio cuenta no dijo nada, pero sus huesudas manos empujaron mi cabeza a donde debía intentar provocarle una erección. Cerré los ojos y me imaginé con otra persona pues aunque había sido muy guapo y vigoroso de joven, ya de eso no quedaba ni la sombra; su cuerpo flácido y arrugado no me ayudó mucho. Se quedó dormido en medio de mis esfuerzos y cuando lo escuché roncar de nuevo, regresé a mi cuarto.
 
A la mañana siguiente el desayuno transcurrió en silencio; preparó huevos revueltos que sirvió en dos platos, también frijoles, tortillas y café. Comí con ganas pues estaba hambrienta y, mientras, lo busqué con la mirada, pero sus ojos me rehuían.
 
—Don Héctor, debemos hablar de lo que pasó anoche.
 
—¡Pero si no pasó nada, niña! —dijo sonriendo sarcásticamente.
 
—No me puede negar que lo que sucedió, rompió barreras entre nosotros. Yo quería proponerle algo: me gustaría estar a su lado y aliviar un poco su soledad. ¿Por qué no nos casamos? De esa forma usted podrá considerarme su familia —me miró y parecía genuinamente sorprendido. Lo tomé por buen augurio y continué:
 
—¿Quién mejor que yo para estar al lado de un hombre como usted, don Héctor? Aún soy joven, yo velaré por su bienestar. Mi pobre Roque estaría complacido.
 
—No estaría mal —dijo al fin.
 
—Entonces, ¿acepta mi propuesta?
 
—Sí. Y creo que esto merece celebrarse —su gesto tosco se había suavizado, incluso me pareció que había rejuvenecido. —Adelántate al patio y brindaremos.
 
—¿Lo ayudo?
 
—No, no, tú adelántate que ya te alcanzo. ¡Déjame desplegar un poco de galantería por favor!
 
Me senté en la mesita exterior bajo la sombra del gran mango, estaba muy satisfecha por la forma en que se estaban dando las cosas; ya me veía yo dueña y señora de todo aquello y en posesión de la famosa receta. El sexo sería un inconveniente, pero esperaba que el hombre no me exigiera demasiado, lo que me preocupaba más era acostumbrarme a ese clima húmedo y agobiante.
 
Levantamos y chocamos las copas de rojo ponche y sorbimos la bebida con gusto.
 
—¿Otro brindis? —propuso. En sus ojos había un brillo travieso.
 
Y volvimos a brindar.
 
Empecé a sentir algo raro en el estómago, una punzada de dolor. Pensé que se debía a estar tomando alcohol tan temprano, pero la punzada se repitió más fuerte que la anterior. Me miró fijamente a los ojos.
 
—¡Qué pena! Creo que no podremos llevar a cabo tus planes: «la muerte lo puede sorprender a uno cuando menos se lo espera» —repitió la misma frase que le había dicho un día antes. Caí al suelo en medio de los dolores más espantosos; empezó a salir espuma por mi boca y una cortina de lágrimas empezó a nublarme la vista. Alcancé a verlo levantarse y lanzarme una mirada socarrona…
 
Veo al viejo pelar y desgranar las granadas con parsimonia, luego las exprime muy bien hasta sacarles todo el jugo, mezcla el rojo jugo con azúcar y luego lo agrega a un recipiente con agua previamente hervida con una raja de canela, después agrega mezcal; al final, con movimientos de prestidigitador añade algo al menjurje, es como si supiera de mi presencia, y, celoso, sigue sin dar su brazo a torcer. Vierte el líquido en recipientes donde reposarán unos días antes de su venta. Terminado el proceso, abandona la habitación sin ventanas y pone un gran candado en la puerta.
 

Por alguna razón no puedo escapar, mi cuerpo reposa aquí mismo, tres metros bajo el piso, pero mi espíritu está encadenado a este oscuro cuartucho. La ambición es mala consejera. 

Blog de Ana Piera: Píldoras para soñar.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. A mi me encantó. Me parece una historia alucinante con aires de influencia de Allan Poe. Te felicito amiga.

    Le gusta a 1 persona

    1. Ana Piera dice:

      Gracias Oswaldo!

      Le gusta a 1 persona

  2. JascNet dice:

    Maravilloso, Ana.
    Una historia que parecía cotidiana y familiar pero que se convierte en un thriller con un giro final inesperado y muy ingenioso.
    Al final, casi conocemos la receta mágica, aunque a la finada ya no le servirá. 😜
    El ritmo de la historia también es muy acertado, va “in crescendo” hasta la moraleja final.
    Como dice Oswaldo, me recordó a algún relato de Poe, sazonado con esencias de tu tierra y la fina irónia y perversidad de Richard Matheson.
    Enhorabuena.
    👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼
    Un abrazo.

    Le gusta a 2 personas

    1. Ana Piera dice:

      Muchas gracias por tu comentario Jasc. Saludos!

      Le gusta a 2 personas

  3. davidrubios dice:

    ¡Hola, Ana! Una historia de terror que uno disfruta, ideal para leerla al calor de una fogata ahora que se acerca Halloween. Quiero destacar un detalle que demuestra tu experiencia narrativa. De inicio aparece esa escena del taxista mirándole el escote. Ese detalle podría quedar como algo innecesario en una historia de terror como esta, pero luego adquiere todo su sentido cuando aparece la escena en la que ella se mete en la cama del anciano. Si antes no hubieras dado ese toque sensual, esta escena también parecería fuera del tono del relato. Son detalles que a veces pasan desapercibidos, pero que definen el pulso narrativo del autor. Un abrazo!

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