La nómada y la luna verde por Ángel de León

el
img_3041
Imagen tomada de Pinterest

 

 

De nuevo es de noche.

Las luces de Tokio no hacen sino ennegrecerla.

Toda iluminación en la atmósfera ha sido absorbida por los escaparates.

Neón.

No importa cuándo escriba esto, ni cuándo se lea; esta imagen perenne representa a Tokio. La única diferencia es que yo aparezco en ella.

Vuelvo a recargar mi cabeza contra el cristal del tren, dejando que una suerte de reflejo transparente que se reconoce como yo misma me inspeccione, llena de los rascacielos tokiotas.

Jamás olvidaré a aquella mujer tan hermosa a quien el maestro Kawabata describió en El país de la nieve. Al igual que yo, su rostro se reflejaba en el cristal, superponiéndose al paisaje. En esa historia el paisaje era el de las montañas nevadas de Kioto.

En esa hermosa imagen, el maestro Kawabata quizá pretendía capturar un atisbo de aquello que le representaba el Japón que, aunque en la superficie se perdía en la industrialización, conseguía mantenerse ahí, en la ausencia, insinuándose hasta ser invisible, tan invisible que no incomodaba que lo envolviera todo.

Aunque dentro de mí pareciera que sólo hay luces y edificios, también el sincretismo japonés anda incluso en cada destello. La mujer sentada delante igualemente contiene esta misma imagen en su transparente reflejo. ¿Qué aporto yo que sea diferente?

La respuesta que quisiera dar es «nada». Pero no sería justo ni para mí ni para mamá, sea donde sea que se encuentre, que ensueñe con pasar desapercibida del sol naciente.

Soy mitad mexicana y mitad japonesa, aunque el mito del Japón homoétnico niegue mi existencia.

Aquello que me hace diferente también es lo que me hace pertenecer.

«Yosuke, ya casi llego a casa».

«Haru, te he echado de menos. ¿Quieres que lleve algo para cenar?».

Ojalá el cielo no se vuelva más oscuro. No quería que la verde luna de Venus brillara protagónica.

(…)

El apartamento no había cambiado ni un ápice en estos días, ni siquiera una mota de polvo se había colado intrusa. Lo más probable es que papá no hubiera venido recientemente, eso era lo habitual.

Suspiré.

Ni siquiera en vacaciones obligatorias venía a casa.

Volví a suspirar porque aquello no debería de sorprenderme. Cuando era pequeña, la excusa de que su trabajo no le permitía mucho tiempo para verme a mí y a mamá, se volvió una suerte de condición de la realidad. Él decía que debía trabajar mucho para darnos una buena vida.

Después del divorcio, lo único que viví de esa buena vida fue lo que le enviaba a mamá como pensión alimenticia. Que, si bien era bastante, nunca pude valorarlo porque una carencia mayor se sobreponía.

Todo por lo que trabajó, por lo que seguía trabajando, había ido a parar a este cómodo departamento; el sueño de un oficinista que presumía como le había ido mejor que al resto.

La decoración seguía siendo igual de minimalista y moderna que siempre; todo parecía estéril, incluso la ausencia sugería poco más allá de simple elegancia y desinterés.

Este apartamento debía reflejar a detalle el corazón de papá.

Y desde hace unos meses yo vivía en el interior de este extraño lugar. Era muy cómodo, pero también solitario, sin nada que destacara, en un orden absoluto.

Me tumbé sobre el sofá aterciopelado y tomé el control remoto de las persianas, que se abrieron para dejar que la noche irrumpiera en este espacio.

La noche y su nuevo inquilino.

No, no inquilino. Intruso.

Era cautivador lo mucho que un astro tan pequeño como la luna de un planeta pudiera resaltar tanto en la noche. No se trataba de que fuera más grande que Venus, sino que simplemente brillaba de esta forma vista desde nuestro planeta. Quizá si se le miraba desde otro punto en el espacio podría verse diminuta; o quizá sólo era que las lunas nuevas nacen con tanta energía que no les queda más remedio que refulgir de esa forma. 

—Noche estival —murmuré—, con un verde intruso… posterga el sol.

Eran las diez y media de la noche y en seis horas amanecería. La verde luna de Venus no podría hacer nada para cambiarlo.

Tras un rato, fui a la sala estudio para agarrar el reloj de pared que colgaba sobre el escritorio, después tomé una silla del comedor y la coloqué junto al ventanal de la sala de estar y coloqué el reloj justo por encima de la vista de la noche.

Era probable que mi propia impaciencia al vigilar el transcurso de una noche de luna verde me hiciera perder la noción del tiempo, así que encendí el televisor para poner una de mis películas favoritas de Tarantino y contar con una medida del tiempo.

Bastardos sin gloria es una película que me gusta mucho. Hay algo extrañamente satisfactorio en ver cómo destruían a balazos el rostro del Tercer Reich. Aunque yo no hubiera nacido en esos tiempos ni tenga ascendencia reconocida en tal evento histórico, el fascismo que se exacerbó durante la segunda guerra mundial todavía persiste en muchas partes del mundo, aunque pocas veces se señale de tal forma.

Apenas iba a abrir Netflix cuando llamaron a la puerta.

Yosuke.

El sonido del timbre era único e incambiable en cada ocasión, sin embargo, cuando Yosuke lo presionaba podía jurar que escuchaba algo de él cuando sonaba. De la misma manera que dos pianistas pueden tocar la misma partitura, pero su ejecución será totalmente diferente.

Me levanté del sofá para recibirlo y me sacudí a prisas algo de la pelusa en mi suéter; medio acomodé detrás de mis lentes unos mechones de cabello que sobresalían. Había olvidado por completo su visita, perdida como estaba en la verde luna de Venus.

Tadaima.

Ahí estaba esa sonrisa que me gusta tanto; sincera y sin adornos, sólo existía y ya. Y en este instante, como en muchos otros, volvía a hacerme sentir cómoda.

—Yosuke.

Delgado y de expresión inofensiva, su nariz chata y los labios carnosos le conferían una apariencia de niño bueno que, quizá a otras mujeres, les hubiera parecido poco masculino. A mí me hacía sentir que no tenía mucho para ocultar, que ese temple tan sereno y tierno era justo lo que existía en el núcleo de su persona.

—Traje pizza —dijo con afabilidad.

Cerró la puerta tras de él y me dio un suave beso. Estaba a punto de desprenderse cuando lo tomé por la cintura pidiéndole en silencio que me besara por más tiempo.

Concedió.

—Es que te eché mucho de menos —dije a media voz.

—Yo… —se aclaró la garganta—. Puedo notarlo, Haru, yo también quería verte.

Caminamos al interior del apartamento y nos sentamos en el comedor. Notó la silla faltante y luego la ubicó con la mirada; reparó en el reloj que había colocado junto al ventanal, pero no dijo nada. Quizá comprendía el dolor fantasma de una luna verde en el cielo.

Coloqué un par de platos sobre la mesa y también una jarra de agua fresca con dos vasos.

Se sentó cruzado de piernas sobre el comedor. Llevaba unos chinos color caqui y una camisa polo Ralph Laurent color azul que le había regalado cuando cumplimos nuestro primer aniversario de novios.

Tomó una rebanada de pizza hawaiana y la sirvió en mi plato; tomó otra para él.

—El sabor de esta salsa de tomate me hace recordar aquella vez de nuestra primera cita —dijo mientras masticaba con semblante sereno.

—Jamás había escuchado de alguien que se hubiera esforzado tanto por quedar bien tan sólo para terminar generando el efecto opuesto.

—¿En verdad fue el opuesto? —dijo con los ojos bien abiertos.

—Sí y no. Que te empecinaras en elegir un restaurante poco convencional le daba un toque especial. Después de todo, la novedad de un experimento culinario como el ramen de tomate debió haberte parecido toda una revelación, tan poco común como es el tomate en nuestra gastronomía —dije tapándome la boca al masticar.

«Nuestra gastronomía». Se sentía extraño enunciarlo así. Si no hubiera vivido tantos años en México, ¿también se sentiría así? ¿Podría enunciar mi propia etnia sin sentirme extraña?

—Jamás había escuchado nada como eso, pensé que, si nuestra primera comida juntos la  teníamos ahí, entonces habría toda una serie de recuerdos novedosos asociándose.

—Yosuke-kun, esas son demasiadas palabras sólo para decir que querías parecer de ensueño.

Se sonrojó un poco y se quedó pensando mientras masticaba lento; la mirada perdida en el techo, la barbilla recargada contra su mano.

Recordaba la cara de ilusión con la que Yosuke me miraba a través de una vaporosa cortina de ramen de tomate. Si bien aquel platillo no me pareció de un gusto impactante, la emoción con la que aguardaba a que yo descubriera algo en lo que él había puesto tanto empeño me hizo quererlo desde ese instante.

Ojalá que las cosas nunca cambien. Quiero que esta mansedumbre se mantenga como algo cierto en la vida, de la misma forma que el agua moja y el frío quema.

Sé que las relaciones humanas no funcionan de esta forma, pero en medio de los extraños cambios que el mundo sugería bajo el influjo de la verde luna de Venus, no me sabe mal permitirme un poco de anhelo.

—No es que no me supiera rico, simplemente que el ramen de tomate sabía a una comida muy… bueno, demasiado básica para la comida mexicana.

—Bueno —carraspeó—, pero al menos debió sentirse agradable volver a tu hogar a través del paladar, aunque fuera de una forma bastante inadvertida.

Mi hogar… ¿dónde quedaba tal cosa? En el Japón en que fui niña, en el México en que mi padre no estaba; en el Japón donde mi madre ya no vive, en el México donde mi madre está muerta. Quizá todos ellos. Quizá ninguno. Tal vez el lugar en el que más me parezca a la gente, por dentro y por fuera.

Si es que existe tal lugar. 

—Yosuke, este también es mi hogar. Es bueno tener muchos hogares.

Se quedó pensativo por un momento.

—¿Algo así como una nómada de la etnia?

—¡Qué cosas dices! ¿De dónde sacas esas metáforas? Tal vez seas tú quien deba dedicarse a la escritura.

Me dijo que jamás podría hacerlo y pensé que eso era algo bueno.

Después de cenar nos quedamos viendo la película de Tarantino. El reloj digital de la pared, así como el del humor de la noche, corría a la par que el largometraje; daban la una de la mañana y el mundo seguía su flujo normal.

Cuando la película comenzó a aburrirme porque ya me la sabía de memoria, empecé a acariciar los brazos de Yosuke. Su piel era tan tersa y blanca como sólo podía ser la de los oriundos de Ibaraki. Los músculos bajo esos brazos, aunque delgados, eran recios y firmes.

 Me recargué contra su pecho por un largo rato, luego me acosté dejando que mi cabeza descansara sobre sus piernas.

Me miraba desde arriba, con esa sonrisa tan serena; yo lo miraba desde abajo, con el techo de color minimalista que mi padre había elegido de fondo.

En ese momento decidí que esos colores le iban bien a Yosuke. Configuraba una imagen de una indudable comodidad; una cabaña con chimenea en medio de un helado bosque. No tenía color y casi parecía perderse en la inmensidad de tanta nieve, pero una vez dentro, se sentía una tremenda calidez.

En las ocasiones en que el mundo parece ser una suerte de invierno perpetuo, valía la pena encontrar un refugio.

—Debería poner pausa a la película —dijo con una voz distinta, una que reservaba sólo para mí.

—Te digo que ya la he visto como veinte veces.

Despejó el cabello de mi rostro y me besó por un largo rato, después me acostó por completo sobre el sofá y se postró sobre mí.

Su piel, que parecía una tabula rasa, absorbía los atenuados colores del apartamento. También el color de mi cariño, un tanto coral, un tanto bronceado. No había ni un atisbo del verde de la luna de Venus en él.

Con las manos, Yosuke me acariciaba por debajo de la ropa, recorriendo un camino que conocía de memoria. Hasta que ya no hubo más ropa.

Ojalá no se aburra de recorrerlo nunca.

El reloj se movió a prisa, en una hora que parecía ser un solo minuto.

(…)

Desperté desnuda recargada sobre su pecho. Nos habíamos quedado dormidos en el sofá.

Sentía la vibración de sus ronquidos directamente en mi oreja, los latidos eran tan serenos como él mismo. Quizá el corazón sí estaba relacionado con lo que uno sentía.

Mi cabeza se levantaba suavemente al ritmo de su respiración, era como estar en un pequeño sube y baja. La ciudad estaba unos milímetros más arriba, luego se hundía unos pocos menos; las dos lunas se perdían en el marco de la ventana, luego volvían a aparecer, aunque de la verde sólo se insinuaba su fulgor.

Debía ser tarde ya.

Fruncí el ceño para enfocar mejor la vista porque no traía mis lentes.

Eran las 4:23 de la mañana.

No faltaba mucho para que amaneciera.

Incluso si no puedo confiarme de la hora para dar cuenta de que la noche se elonga, que la verde luna de Venus no posterga el alba, confío en la respiración de Yosuke, en los latidos de su corazón como una medida del tiempo.

Tum Tum.

Tum tum.

Tum tum.

Este ritmo es verdad.

Los colores de la noche, todos los han absorbido las luces de Tokio. Los colores del cielo, en cambio, parecen nutrirse aún más con el verde que llega desde Venus.

Son las 4:25.

Tum tum.

Tum tum.

Tum tum.

Cerré los ojos hasta quedarme dormida.

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Ana Piera dice:

    Muy bonito. Saludos!

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s