El cliente por Ana Laura Piera

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Imagen tomada de Unsplash

 

 

Me levanté cansada, más que otros días. Parecía que todos los hombres que habían pasado por mi cuerpo se colgaban de mí nuevamente, todos juntos, impidiéndome mover, chupando mis pechos caídos y apretando mis nalgas hasta hacerme daño. Tuve una sensación extraña, un presentimiento quizás. Dejé el oscuro cuartucho que me servía de morada y donde vivía sola. Estaba acostumbrada: fui hija única, mis padres murieron jóvenes y nunca me casé ni tuve hijos. La familia que me quedaba me repudió cuando supieron a lo que me dedicaba.

Al llegar al trabajo me encontré a mi única amiga, la “Güera”. Su carácter jovial era como un bálsamo cuando nos preguntábamos si nuestras vidas podrían haber sido diferentes y siempre lograba sacarme la tristeza con sus ocurrencias.

El lugar era conocido como el “Rincón de las putas viejas”. Éramos un grupo de mujeres que esperaban cliente sentadas en sillas de plástico bajo un toldo improvisado con sábanas rotas. Ahí únicamente acudían aquellos que no podían pagar las tarifas más elevadas de las jóvenes, o uno que otro hombre que únicamente podía excitarse con una mujer mayor.

Percibí su mirada de lejos, estudiándome. No sé que fue lo que le llamó la atención de mí, quizás le recordé a alguien. Cuando me abordó, sentí un escalofrío.

—¿Cuánto?—preguntó. Aquella voz tenía la frescura de las voces jóvenes, pero también había un dejo de nostalgia, de alguien que ha vivido cosas más allá de lo que aparenta su edad. Le di mi tarifa, a los sesenta y pico no podía cobrar mucho. Asintió con la cabeza. Las demás me miraron con una mezcla agridulce de envidia y espanto; era un atractivo treintañero, alto y delgado, con facciones agradables y armoniosas. Advertí que la Güera me jalaba la falda, quería decirme algo, sin embargo, yo apuré el paso. Lo llevé al cuarto donde trabajábamos, que se encontraba en penumbras gracias a una cortina vieja que impedía que entrara la luz.

—¿Quieres que me quite la ropa? —pregunté en voz muy baja mientras él se sentaba al borde de la desvencijada cama. No obtuve respuesta así que me quité la blusa y el brasier, pero me hizo señas de que parara. Me acerqué.

Me rodeó el cuerpo con los brazos y cual niño pequeño, apoyó el rostro en mi vientre flácido. Comenzó a besar mi piel con devoción, sus labios apenas rozándome. Me arriesgué a tocarle la cabeza, al ver que no protestaba, le acaricié los cabellos con ternura. Comenzó a llorar como un bebé y su húmeda mirada se encontró con la mía.

—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste? —dijo con la voz enronquecida de dolor.

Comprendí. Lo abracé muy fuerte. No era mi hijo, pero en ese momento yo era su madre. Lloramos juntos, él por la que tuvo y le abandonó, y yo por todas las cosas que nunca tuve.

Blog de Ana Piera: Píldoras para soñar.

19 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Me encantó disfrutar de tus letras, Ana.
    Saludos fraternos a la distancia.

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  2. TheOtherPJ dice:

    Tierno y triste. Me ha tocado la vena sensible ese final, con carne de gallina incluida.

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