Duelo al atardecer por Ángel de León

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Imagen tomada de Pinterest

 

 

Senderos rotos

Ríos que corren opuestos

Frente a frente

 

El viento otoñal augura la temporada de tifones, su avance fuerza la danza de las flores del infierno, rojas, con pistilos que se miran hacia el atardecer, enmarcando un risco que mira hacia el mar cobrizo.

Un solitario arce cuyas hojas llueven perezosas se yergue alto; vigila con orgullo las tumbas de guerreros que murieron por el acero en las costas de Yamato, enterrados al pie de sus raíces, donde sus restos siguen devieniendo en fuerza.

Esta tarde uno más se unirá a la tierra, vigilando perpetuo el nacimiento y la muerte del sol.

Al oeste del árbol, Kurono permanece arrodillado, la espada yace horizontal frente a él. Bebe un poco de sake del porongo de calabaza; sólo un poco, ya que los sentidos deben permanecer atentos. Un último sorbo no se le negaba a nadie, mucho menos a uno mismo.

«Ojalá no sea el último», se permite un anhelo. Aunque el resultado bien podía pasarle de largo. Vivir como un samurái era retrasar, en la medida de lo posible, la muerte de guerrero tanto como se pudiera.

Al este se encuentra Shirane impávido, alto como un bambú joven, con una yukata blanca que hace honor a su apellido. Su porte es tan recio que parece la estatua de un guardián budista. Un atisbo de expresión: el agarre firme sobre su arma aún envainada, desesperada por cumplir su propósito.

Un reto que incomoda el vacío de los días que pasan sin novedad: el prospecto de al fin perder tras un centenar y dos duelos. ¿Ciento tres no era un número excesivo? Luego alguien decía que “él sí era quien podía vencer a Shirane” y cualquier número parecía poco.

El lejano canto de un ave de ojos blancos recorre el viento que separa a los dos duelistas, y envuelve y arropa a consciencia cada parte de sus cuerpos, como si la vida misma quisiera que se aferraran a ella.

 

La hierba alta

Canta cual ola tardía

Al son del viento

 

Kurono aceptó el destino. Tapó el porongo de sake y se lo amarró a la cintura. Cogió la espada con ambas manos y la desenvainó un poco, lo suficiente para ver su reflejo en el filo cerca de la empuñadura.

Acaso los ojos de Shirane también ardían con el mismo fuego, o más bien eran mansos como el mar de invierno, conocedor de una vida de limpiar la sangre de otros de su acero.

Ahora se miran de frente, buscando en el rostro del otro un indicio de miedo. Inútil empresa del sinsentido. Sólo reina el brillo naranja del ocaso en los semblantes.

Con la parsimonia que concede la certeza de la causa justa, Kurono desenvaina. El metal canta una silenciosa melodía mientras sale de la vaina. Era una canción de cuna y también una oda a la devoción del camino del guerrero.

El filo apuntaba a su enemigo, las manos lo sostenían firmes y sin hesitación alguna de poner en marcha años de entrenamiento.

—Shirone, aún podemos evitar esto. Pídeme perdón y tu ofensa quedará atrás.

El hombre de blanco, sin embargo, se limitó a empujar la guarda del arma con el pulgar. Un destello plateado escapó del interior de la funda.

—No pediré perdón. Tuve que hacerlo para salvar a la aldea. Pedirlo sería admitir que mis acciones no tuvieron un propósito.

—Tonto, recapacita, ¿qué sentido tiene más muerte?

Shirone al fin desenfundó por completo, trazando un arco en el aire que conducía el humor del atardecer como una estrella fugaz en la noche.

—Quién sabe… Tal vez el filo de la espada. Parece que es demasiado tarde para las palabras.

Kurono fue el primero en dar un paso hacia adelante.

—Los ronin como tú son cobardes sin honor.

Shirone flexionó un poco las rodillas y se movió sin premura, aprestando el metal.

—Y los samurái son hipócritas que se roban la gloria de los verdaderos guerreros.

Las voluntades se enfrentan para dar otro giro al ciclo de la vida y la muerte. Los corazones, amansando las propias emociones, cuentan una historia cuyos detalles se omiten para dar fuerza a cada corte.

Ambos hombres están heridos, la pasión por el combate les da claridad y el dolor se les escapa. El sudor escurre del rostro hasta los dedos de las manos metiéndose bajo las uñas. Y sin embargo el agarre de la empuñadura permanece seguro.

El moribundo sol sigue trazando sus intenciones en los destellos de cada choque de los aceros, con cada gota de sangre que se une al aire, con los chorros que permearán la tierra donde más flores del infierno crecerán.

Vuelve a haber distancia. Medio sol yace detrás de ellos. Se miran fijamente de callado acuerdo: el siguiente golpe decidirá la victoria. Las espadas vuelven a su funda, aguardando por el final.

Corrieron a su encuentro y, como una carpa que salta para oponerse a una cascada, el filo mordió la carne. La sangre salió a raudales hasta volverse indistinguible de las flores del infierno.

 

Llega la noche

Trazos lila derraman

Deseos de vida

 

El camino del guerrero sólo conoce una certeza, y mientras ésta se cumpla, los designios de una vida quedan a determinación de aquellos que presenciaron las hazañas que con la espada blandían. El honor, la piedad y la sabiduría son designios de los tiempos, moldeables y, por lo tanto, inequívocamente humanos.

La única verdad de un samurái es morir con su arma bien empuñada. Hasta que los dedos tiesos pierdan fuerza.

Vuelve a soplar el viento, esta vez con más fuerza. Acaso la muerte llamó en un llanto a la furia del tifón, y éste, al igual que el guerrero, también pasará de largo sin nada más que huellas en la tierra de Yamato.

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ana Piera dice:

    Un escrito muy diferente de otros que te he leído. Me gusta el ritmo y las imágenes que evocas, un relato con tintes poéticos. Me ha gustado mucho. Saludos.

    Le gusta a 1 persona

  2. A story for with intense passion… making one’s eyes while reading as steady, and bright as the setting sun… then finally at the end, leaving one to drink the blood of the vanquished, or ride away with the victor… as the horse’s hooves tramples the flowers of hell.
    🇯🇲🏖️

    Le gusta a 1 persona

  3. Compartido con los 6000 levtores De masticadores/Face

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