Una Alegría Efímera por Ana Laura Piera

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Imagen tomada de Pexels

 

 

Había buscado el punto más alto del techo, el lugar donde se iba a poner una cúpula y que de momento solo era un montón de ladrillos y sacos de cemento. Soplaba una brisa que le acarició el sudoroso cuerpo; cerró los ojos y extendió los brazos, ¡aquello era la gloria! Por unos momentos dejó de aspirar los acres polvos de la construcción y se imaginó a la orilla del mar.

—¿Dónde está Pedro? —preguntó el capataz, don Alfonso.

—Anda arriba, dizque llevando ladrillos—contestó uno que apodaban el «mantecas».

Don Alfonso levantó la vista y observó al joven. «Chamaco baboso»—pensó—, y luego sonrió para sus adentros. Después de todo él también fue alguna vez un muchachito juguetón. Pero el tiempo era oro y había que poner orden, así que gritó con voz estentórea:

—¡Pinche Pedro deja de jugar!

El grito y las risas de los demás trabajadores lo sacaron de su ensoñación. Apenado, volvió a lo que estaba haciendo.

El trabajo duro de albañil le había moldeado el cuerpo como si a diario fuera al gimnasio. Su figura contrastaba con la de sus compañeros, hombres mayores, algunos de los cuales ostentaban estómagos capaces de competir con el de cualquier señora embarazada. No tenía la mirada cansada y amarga de quien tiene ya obligaciones fuertes, sino por el contrario la suya era una mirada ingenua y soñadora. Los rasgos de su rostro no estaban exentos de cierta tosquedad que en vez de afear su rostro lo hacían extrañamente atractivo.

En más de una ocasión, don Alfonso había pescado a la hija del patrón, Isabel, echándole miradas de reconocimiento al joven albañil. El padre de la muchacha, dueño de la constructora, estaba decidido a que ella estudiara arquitectura, así que la obligaba a acompañarlo a supervisar las obras. La chica odiaba eso porque no tenía más ambiciones en la vida que divertirse con sus amigas. Fue en la obra de la calle Galeana que sus ojos chocaron con Pedro; el muchacho le gustó de inmediato y siempre que se tenía que visitar aquella obra, ella no ponía reparos en ir. Mirándole, el cuerpo se le rebelaba y un deseo intenso comenzó a mortificarla a toda hora.

Un día, Isabel esperó a que terminara la jornada y cuando todos los empleados habían tomado rumbos distintos, alcanzó al joven en su elegante auto.

—Sube —en la voz se le notaba la ansiedad.

—Mejor no —dijo sorprendido mientras una sonrisa de nervios y pena se le colgaba de los labios.

—¡Que te subas! No te hagas del rogar.

—Pero…

—Nada de peros. ¡Súbete ya! —el tono altanero de quien está acostumbrado a que se le cumplan sus más nimios caprichos y la predisposición del muchacho a obedecer órdenes, hizo que al final subiera al vehículo.

—¿Dónde vamos? —preguntó con ingenuidad.

—Ya verás —manejando a una velocidad más alta que la permitida, llevó el carro hasta un lugar solitario donde apagó el motor. La miraba, observaba cada detalle de ella con reverencia casi religiosa: la blancura de la piel, el pelo negrísimo cayéndole sobre los hombros, los ojos verdes, la nariz respingada, esas piernas bien torneadas parcialmente ocultas por la falda tan corta. Pedro comenzó a sudar y a agitarse, Isabel le tomó una mano y lo miró de arriba abajo, luego se acercó con lentitud. El olor fuerte que despedía aquel cuerpo de hombre le alborotaba los sentidos. Cerró los ojos y acercó su boca a la de él, fundiéndose ambos en un beso húmedo y cálido. Él empezó a acariciarla con suavidad como si temiera romperla y ella correspondió con ansiedad. Ambos se dejaron arrastrar por las sensaciones, la mezcla de olores, el movimiento como de olas, y luego un placer tan intenso que parecía irreal.

—Esto no significa nada, ¿me oyes? —le dijo muy seria al dejarlo en una esquina. El joven asintió mirándola a los ojos y luego inició su camino sin mirar atrás.

Al otro día en la mañana don Alfonso recibió a los trabajadores repartiendo órdenes a diestra y siniestra:

—«Mantecas» llévate al «negro» y afilen esos perfiles.

—¡«Tuercas», apúrate! Tenemos que echar el firme en el patio de servicio.

Luego llegó Pedro:

—Ay, chamaco, ¿y esa sonrisa de oreja a oreja? ¡Ya déjate de babosadas y sigue cargando el material para la cúpula!

Pedro continuó sonriendo, él tenía un secreto que don Alfonso apenas sospechaba, una alegría efímera que le facilitaba el inicio de la larga jornada.

Blog de Ana Piera: Píldoras para soñar.

16 Comentarios Agrega el tuyo

  1. matymarinh dice:

    Ayyy sí que me gustó. Pero quiero que se repita y que se enamoren. Soy cursi incorregible.
    Mientras tanto, pues… La alegría efímera les alimenta.

    Un abrazo Tigrilla!

    Le gusta a 1 persona

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