Y el teléfono seguía sonando, segunda parte por Mayté Guzmán Mariscal

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Imagen tomada de Unsplash

A mi padre lo veía muy poco; los domingos y algún día entre semana antes de dormirme, lo escuchaba preguntarle a Nora qué tal me había portado, yo cerraba los ojos cuando él entraba a saludarme y después hacía como que lo asustaba y se reía. Era nuestro juego. A veces le leía un fragmento de algún libro que me había gustado y me miraba con sus ojos profundos, aunque siempre parecía estar en otro lugar, lo que me hacía pensar que eso de viajar gracias a los libros, sí funcionaba. Después sabría que en realidad siempre tenía otras preocupaciones por eso parecía ausente.

Mi pasado cumpleaños yo estaba muy triste. Le pregunté a papá por qué no podía salir y conocer a más niñas y niños; le dije que me sentía sola y le pedí que me llevara un día al parque. Él se quedó muy serio: “Algún día espero que nos perdones”. Fruncí el ceño y casi a gritos pedí que me explicara por qué nunca íbamos a comprar un helado o caminábamos por la plaza del pueblo, por qué no me dejaba tener amistades, por qué Nora nunca quería llevarme a hacer las compras, por qué vivía encerrada como una prisionera. Lloré.

Sentía que había muchos secretos por descifrar. Y digo descifrar porque estaba claro que ellos no querían hablar conmigo de su vida, así que yo tampoco les contaría lo que hiciera de ahora en adelante.

Nora y yo nos volvimos cómplices. Hicimos un trato: yo me ocuparía de mis asuntos por la mañana mientras ella hacía los quehaceres de casa y después tendría toda la tarde para estar conmigo. Le hice prometer que no me molestaría mientras tanto y yo haría lo mismo. Ese fue el acuerdo.

Me las ingenié para poder escabullirme de casa en esas horas. Había un camino a lo largo del arroyo que no pertenecía a la finca. La vigilancia estaba por la entrada principal, y si comenzaba a caminar por la vereda había una desviación que llegaba a un ejido. Desde allí era fácil pedir aventón al pueblo pues había muchos campesinos por esa zona que llevaban su mercancía por la mañana. Como nadie me conocía -al menos eso creía-, no le dirían a mis padres que me vieron deambular por allí. No sería la primera vez que una niña se escapaba de su casa para aventurarse por el mundo, en los libros que me regala mi madre hay muchos niños que lo hacen.

Así conocí a don Gaudencio y a su hija Isabel. Era una niña muy graciosa, sonreía todo el tiempo y no paraba de hacer preguntas; que quién era, que dónde vivía, que por qué andaba sola por allí, que a qué escuela iba, que cuántos hermanos tenía, que por qué no me pintaba las uñas, que parecía niña bien, que si me gustaban las gelatinas, que si me gustaba el color naranja como a ella, que si tal, que si cual. Afortunadamente, don Gaudencio interrumpió su interrogatorio antes de que pudiera responder a alguna de las preguntas, para recomendarme que no anduviera sola porque no era seguro. ¡Y dale con la seguridad! “¿Dijiste algo?”. No.

Inventé que Nora era mi tía y que me había pedido ir al pueblo para hacer compras porque no podía dejar sola a la hija de la patrona (o sea yo), que estaba enferma.

Cuando llegamos al pueblo me quedé mirando a todos lados, estaba como hipnotizada con el bullicio de la plaza, tan acostumbrada al silencio abrumador de mi casa. Desde temprano se ponían los puestos de comida para que desayunara la gente. Había buñuelos y tamales con atole; chocolate caliente, churros, pan recién horneado; menudo y tacos de barbacoa para los más hambrientos. Quería comérmelo todo. Aquel día no llevaba dinero, y no fue hasta que don Gaudencio me preguntó qué era lo que necesitaba mi tía, cuando me di cuenta de mi error. Inventé que se nos había acabado el jabón de la ropa, pero que me había olvidado el dinero en la cocina. Me dijo que no me preocupara, que se lo devolviera luego y me lo compró.

Después fuimos por una nieve y de allí, al mercado. Al poco rato me asusté porque no sabía si había pasado mucho tiempo y Nora iría a buscarme al cuarto. Le dije al señor que era tarde, que me había gustado mucho estar con ellos y que ojalá pudiera verlos más seguido. Le insistí que me dejara donde me había encontrado, así volvería caminando a casa pues no podían entrar desconocidos a la finca y prefería no dar explicaciones de por qué me habían llevado hasta allí.

Nora llamó para que bajara y aún estaba sudando por la corretiza. “¿Estás bien niña?” Le contesté que había repetido la rutina de gimnasia y me había cansado, era todo. Se rio porque me bebí dos vasos de agua de un tirón. Resultó que se me daba bien mentir, y además mi plan de fuga había salido de maravilla.

Don Gaudencio y su hija tampoco eran del pueblo, vivían en una comunidad como a cinco kilómetros, según contó el otro día, pero llevaba toda la vida trabajando allí, y además Isabel asistía a una escuela del pueblo. Ella me prometió que cuando volviéramos a encontrarnos me presentaría a sus amigas y amigos. Así fue.

Nos reunimos en un jardín cercano a la plaza, donde Isabel esperaba a su papá cuando salía de la escuela. Durante la conversación escuché decir a uno de sus amigos que habían detenido a un traficante de drogas muy poderoso que se escondía en el pueblo desde hacía mucho. En el pueblo todos sabían quién era, pero le tenían respeto ya que siempre había ayudado a la gente que lo necesitaba. Alguien preguntó que si era peligroso, a lo que él contestó que no, que parecía una persona muy normal. Isabel permaneció callada y me miró seriamente.

En el camino a casa, don Gaudencio se detuvo donde siempre para que yo continuara andando. Antes de salir de la camioneta Isabel me preguntó si sabía a qué se dedicaba mi padre. ¡Claro que lo sabía! Mi papá es co-mer-cian-te. No sé si Isabel pudo escuchar mi respuesta porque empecé a correr como despavorida. En casa reinaba un silencio insoportable, Nora no aparecía y mi madre me estaba esperando en el salón con una maleta. Ni siquiera cuestionó mi ausencia. “Prepara tus cosas que nos vamos”.

Iba a preguntarle si mi papá de verdad era comerciante, pues la conversación de hace un momento me había despertado la duda, pero sonó el teléfono. Mi madre subió al coche y yo la seguí en silencio, mientras el teléfono seguía sonando.

Blog de Mayté Guzmán: Cualquier parecido con la coincidencia… es pura realidad.

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