La última escena por Alejandro Villaverde Viayra

el
img_3355
Imagen tomada de Pinterest

 

 

Las grabaciones duraron hasta avanzada la noche.

El lugar del proyecto era un secreto guardado a cal y canto. ¿Cómo proteges un secreto cuando tienes el rostro más buscado en toda la ciudad?

«Quizá un papel de vaqueros, una forajida, hubiera sido más apropiado», pensó con ironía mientras se desmaquillaba en su camerino.

Sudadera y pants con una larga bufanda a pesar del calor. Al salir del estudio solo llevaría consigo lo esencial en una bolsa de plástico negra. Ahora sí, sin toda la producción encima, quizá se había transformado en una persona a la que nadie estaba buscando.

Una persona que, paradójicamente, quisiera ser más reconocida.

Salió por su cuenta. Siempre podría pedir un chofer y rodearse de vigilantes, ¿para qué? La prisión dorada ya era suficientemente estrecha sin ningún guardia que la vigilara.

Incluso si cada claxon distante la sobresaltaba (la ansiedad se había vuelto su estado natural), valía la pena por esa libertad lejos de los reflectores, donde no podían verla ni aquellos que ella quería que la vieran.

¿En qué momento había dejado de ser un sueño? Quizá cuando lo alcanzó y entonces se convirtió en trabajo. Debía despertar y aceptar la cruda realidad, de otra forma se convertiría en una pesadilla.

¿Siquiera era apta para hacerlo? Era la historia más emblemática en décadas, su agente no mentía cuando dijo que eso la pondría en boca de todos. ¿Sería denunciada por arruinar la historia? La retroalimentación del director eso parecía sugerir.

—¡Otra toma!

Si pudiera repetirlo, ¿tomaría el mismo camino? Incluso pensarlo era suficiente para formarle un nudo en la garganta. A todas las personas que había abandonado, ¿ahora la odiarían? ¿Acaso la recordarían?

Y si brillaba lo suficiente, si todo eso era un éxito, ¿podrían mirarla de nuevo? O, como una estrella, para cuando ellos presenciaran su luz, se habría consumido por completo en la distancia.

Paró junto a una máquina expendedora y sacó un billete arrugado que llevaba siglos en sus bolsillos, era de una denominación que pocas veces veía ya, pero sería suficiente. Acariciaró el botón del agua carbonatada con cariño, sintiendo las cicatrices del uso contra los dedos perfectamente cuidados, sin embargo, fueron resbalando lentamente hasta el que estaba justo debajo.

¿Quién se pondría a contar las calorías? Nadie llevaba la cuenta ni de las lágrimas derramadas.

No podía comprenderla. ¿Por qué le daban tanta importancia? Era un personaje que podría ser como cualquiera otro. Su comportamiento era arbitrario y sus decisiones carecían de información.

¿Cómo podía comportarse como alguien a quien era incapaz de entender?

¿Se entendía a ella misma si quiera?

Aunque había tomado por sorpresa al mundo, enamorándolo, solo fue a través de un simple acto; era un personaje cuyo único propósito era morir.

Todos sus demás detalles; la felicidad, los sueños, sus relaciones y sus emociones solo cobraran sentido por ese último acto.

Si ella fuera a morir, ¿sería tan bello como la muerte de su personaje?

No, probablemente solo dirían que se trataba de una joven inestable; que fue incapaz de soportar la presión del estrellato (y tendrían razón), luego inventarían rumores sobre su relación con las drogas o escapadas sexuales que quizá tendrían más sentido que el estilo de vida que llevaba en este momento.

Destapó la lata del refresco para tener algo real a lo que aferrarse y parar el tren de pensamiento antes de que la atropellara. Cuando inclinó la cabeza para darle el primer trago, vio una silueta de reojo y volvió a ponerse en alerta.

Una mujer. Una joven muy bien parecida.

Era hermosa en una forma sutil, con ropa sencilla, pero su apariencia y su porte era a lo que la hacían aspirar todas las cremas, maquillajes y cursos que tomaba.

Entre más la veía más sentido cobraba. No había duda alguna, hasta el más mínimo detalle, incluso ese lunar característico bajo el ojo derecho. Lo tenía todo.

¿Habían llamado un remplazo sin avisarle? ¿Una doble?

Incluso su presencia era etérea como la de una aparición. Podrías decir que el personaje salió de la historia a tomar venganza por lo mal que lo estaba haciendo si no fuera por un solo detalle.

No estaba sonriendo.

Nunca paraba de sonreír, sonreía hasta que la cara le dolía y después un poco más. Sonreía a través de las lágrimas y del odio, a través incluso de la voluntad de otros personajes.

Sin embargo, la aparición tenía una mirada neutra. El estado de reposo de su cara que tendía a los ojos caídos y la boca en un arco invertido sugerían que no se trataba de una persona feliz. No en ese momento, y no muy frecuentemente. Tenía el rostro de alguien que había visto todos sus sueños aplastados.

Podía comprenderlo perfectamente.

—¿Es que has visto un fantasma? —preguntó la aparición—. Lo sé, es sorprendente verme viva.

«¿Porque moriste o porque eres un personaje de ficción?», protestó la parte racional de su cerebro.

La aparición inhalo profundamente y luego suspiró.

—No esperaba encontrarme con nadie a esta ahora, pero ahora todo está arruinado —murmuró—. Tenía que ser esta chica además de todo. ¿Por qué siempre van así las cosas?

Siguió farfullando y maldiciendo hasta que la actriz se aclaró la garganta.

—¿Piensas que soy inadecuada? —preguntó, la vergüenza dominando a la razón.

La aparición la miró confundida y parpadeo varias veces mientras procesaba la pregunta.

—Hasta la persona más incompetente puede morir por el arte —fue lo que comentó—. El problema de morir en este medio es que, como yo, a veces sobrevives.

«En los rumores y el corazón de las personas», añadió mentalmente a la respuesta que había escuchado. La pregunta que quedaba era: ¿Le importaría a alguien su nombre?

—Originalmente había más historia —lamentó la ficción—. Hice más que morir; viví mi vida y amé, hice cosas terribles como cualquier persona y tuve mis propios vicios, pero al final, ¿no se justifican los medios? Dime, ¿por qué te interesa tanto interpretar tu papel a la perfección?

—Pienso que de esa forma haría justicia al personaje —confesó—. Por eso me volví actriz.

La aparición se burló a carcajadas.

—¿Justicia? ¡Bien podría ser una criminal! —golpeó sus rodillas con las manos y luego se derrumbó en un ataque de tos—. Parece que el telón se cierra una vez más.

—¡Espera! Quiero conocerte mejor. ¿Cómo puedo actuar como tú?

—Los últimos deseos pertenecen a los muertos —se burló otra vez la aparición, volviéndose más transparente a cada segundo—. Quizá me amen precisamente porque saben que moriré, entonces pueden recordarme como mejor les parezca, ¿no es ridículo? Porque pueden olvidar lo que fui es que son capaces de recordarme.

«La historia entre líneas, solo me pertenece a mí».

La aparición se había ido, dejándola más confundida de lo que había empezado cuando de pronto, al siguiente bocinazo distante, lo comprendió. Había “algo” que debía hacer, tal vez “alguien” a quien visitar.

Con el rostro que nadie buscaba, fue tragada por la noche.

Blog de Alejandro Villaverde: Querido fantasma.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Compartido en los 6000 lectores de Masticadores/Face

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s