UN MUNDO DE CABEZA by Ángel de León

Solíamos tomar el tren sin rumbo. Desde Shin-Osaka hasta ningún lugar. Luego desde ningún lugar de regreso a Shin-Osaka.

Nos sentábamos en uno de esos suaves asientos de terciopelo para dos personas y peleamos mucho porque dejaras de lado tu torpe caballerosidad y te sentaras a la ventana de una vez. Después de todo, contemplar el paisaje era para ti lo que el sol es para el día.

Aún recuerdo tu cara de sorpresa al descubrir que los trenes de la línea JR tienen asientos en pares en vez de una sola línea de seis asientos colocada en cada lado a lo largo del vagón.

A veces hacíamos viajes tan largos que me dormía. Cuando despertaba, mi cabeza descansaba en tu hombro y el sol ya se había vuelto naranja. Es posible que el hecho de que durmiera tanto tiempo en este contexto fuese producto de la comodidad de tu hombro. Sé que para ti debió haber sido un poco cansado, no moverte para no molestarme, pero si no protestabas es porque te gustaba.

Édgar… ¿Me querías en esos días? Siempre supe que sí, pero eso es lo que debí haber preguntado cuando nuestro reflejo en el cristal, iluminado por los campos de Kansai bañados en cobre, comprendía el estampado de aquel tiempo de mi vida.

Si te lo hubiera preguntado, incluso si me hubieras mentido y me dijeras que no, te habría dicho como acto reflejo «pues yo también te quiero» o, en su caso, «pues yo sí que te quiero».

Hubiera, hubiera. Hubiera. Sé que abuso de esa palabra, aun consciente de que en México se dice «el hubiera no existe». Mas no encuentro otra forma de enunciarte. Eres el hubiera en la punta de mi lengua.

Los ojos se me fueron cerrando en un viaje sin destino de un gélido domingo de febrero. Al abrirlos de nuevo habíamos llegado a Nara. Mi cabeza, como solía suceder, acurrucada en tu bufanda de siempre.

Como me dijiste que nunca habías visitado Nara, te insistí en que rompiéramos la regla de oro y por una vez nuestro viaje aceptara un destino.

Me tomé el atrevimiento, sí, esa es la palabra, de tomarte el brazo y no te quejaste. Te llevé muy pegado a mí a recorrer la ciudad que no era tanto una ciudad para los estándares de un mexicano, sino más bien un hermoso pueblo enorme, entre ciervos y el olor a dorayaki recién hechos.

Señalaba casi siempre hacia mi derecha para que voltearas en esa dirección y así tener una impúdica vista panorámica de tu perfil.

«Es hermoso», habías dicho en japonés, y yo asentí sonrojada, aunque sabiendo lo despistado que eras quizá te referías a un pato que, sin novedad, nadaba en un pequeño estanque a la ladera de la cuesta arriba hacia el Todai-ji.

Imitamos el graznido de los cuervos: cau cau cau cau. A ti te salía mejor que a mí, por eso me vi en la penosa necesidad de mostrarte mi perfecta imitación de un Pikachu, para que vieras que yo también tenía algo de encanto para imitar criaturas misteriosas y, si lo poníamos así, un Pikachu era superior a un mundano cuervo.

Te reíste como el tonto que eras y, mientras esperábamos al cambio de luz, me miraste de frente, con esos ojos tan profundos que mi corazón hizo kyun.

Ya sabes a lo que me refiero… ¿Recuerdas cuando te dije que si alguien me decía «Sami» en vez de Samia mi corazón hacía kyun?

«Sami, ¿ya has venido aquí antes?».

«Sí». Kyun. «Cuando estaba en la primaria, en el último año, casi todas las escuelas de Japón (si no es que todas), llevan a los estudiantes al Todai-ji, siendo el patrimonio de la humanidad del cual más se enorgullecía Japón».

Te expliqué que, pese a que apenas una hora y seiscientos yenes separaban Osaka de Nara, esta era la primera vez que volvía en quince años.

Ahora los ciervos eran más diligentes, el templo de madera más grande del mundo se veía impecable y, por lo tanto, menos real. Ambas conclusiones se debían al gran número de turistas anuales.

Es curioso, últimamente te apareces en recuerdos en los que sé que no estabas, pero, mientras escribo esto, la relación entre nuestro accidentado descenso en Nara y la excursión nacionalista de mi primaria se han asociado, como si fueras una especie de cáncer que empieza en el estómago y termina en el cerebro, reclamándolo todo.

¡Qué injusticia!

Estoy segura de que si busco la foto generacional de nuestra excursión de primaria aparecerías ahí, en el fondo, con esa bufanda. Por eso mejor no lo hago. Me da bastante miedo.

Tras maravillarnos (sí, yo también) con las impresionantes estatuas de deidades budistas en el interior del templo, caminamos hacia la salida y te detuviste a contemplar una escultura de madera de un hombre sentado en posición de flor de loto.

«Sami, ¿qué representa esta figura?».

Me acerqué a leer la descripción de la estatua.

«Es Binzuru, uno de los discípulos de Buda. Tiene la particularidad de que si le sobas una parte de su cuerpo a la vez que te sobas esa misma en el tuyo, ésta sanará».

«Entonces debería usar su poder».

Te acercaste a la estatua y le sobaste la cabeza al mismo tiempo que lo hacías con la tuya.

«¿Te duele la cabeza?», pregunté confundida.

Estuviste en silencio por un minuto, con los ojos cerrados. Cuando los abriste tu expresión pareció luchar por esbozar una sonrisa.

«Algo así».

También le sobé la cabeza y me preguntaste, con la sonrisa desvanecida en un recuerdo inmediato, si yo también lo sentía.

«Le estoy pidiendo que me quite lo tonta y ya de paso ser más inteligente».

Ya era de noche cuando decidimos volver a la estación, aunque caminamos intencionalmente evitando la ruta principal. Esta vez eras tú quien guiaba el paso.

Atravesamos un bosque en el que no había más luz que la de la luna, pero el follaje de los árboles nos la robaba casi toda. Una que otra cigarra cantaba en la proximidad, como si su canto retrasara lo inevitable, como si aún no se hubieran enterado de que estaban en pleno invierno. Las hojas muertas crujían a nuestro andar y, de repente, levantaba mi mirada hacia alguna dirección para asegurarme de que ese sonido estridente no fuese un jabalí. Solo eran ciervos.

«Te digo que al menos seis personas mueren al año por ataques de jabalí salvajes en Nara».

«Sería una buena anécdota para mi gente en México».

«Y una pésima para mi gente en Japón».

De haber muerto aquella noche juntos por la embestida de un oportuno jabalí, ambos nos habríamos evitado mucho dolor… sobre todo yo, que me quedé sin respuestas, sin memorias en las que no estuvieras tú.

O tal vez sí morimos aquella vez, y lo que quedó de nosotros fueron extensiones de contrato por tiempo en la Tierra. El tuyo expiró mucho antes que el mío, o, debo decir, lo rompiste con tus suaves manos, con un disparo que te diste en la cabeza.

Pensar que esa suavidad terminaría por ser capaz de dañar tantas cosas… pero no te culpo. Si acaso, la culpable soy yo.

Salimos intactos del bosque y llegamos a un pequeño lago engolfado entre las sombras. En su corazón, un pequeño pabellón hexagonal flotaba imponente.

Era el pabellón de Ukimido. Estaba hecho de madera fina y resistente, con adornos de obsidiana en forma de jícama coronando el pasamanos del puente de madera que conectaba la orilla con el corazón del lago. Las luces de las lámparas que colgaban del pabellón convertían el lago en un espejo, asemejando un mundo de cabeza.

Me rodeaste con el brazo y me condujiste a cruzar el puente hacia el pabellón. Mi corazón se aceleró bastante y me costó un poco respirar, como si de repente fuera consciente de que respirar me suponía un esfuerzo que, de hacerlo deliberadamente junto a ti, me resultaba casi imposible, vergonzoso incluso. Nos recargamos en el barandal y contemplamos la Samia y el Édgar del mundo de cabeza.

Seguro hablaban de la misma cosa.

«Samia Amane, cuyo apellido se escribe con los caracteres de lluvia y sonido, haberte conocido representa en mi vida la oportunidad de sentir con mi propio tacto el sonido de la lluvia».

«¿Sigue siendo tan bello como lo imaginabas?».

Sacudiste la cabeza y con una sonrisa que reveló tu dentadura completa me dijiste: «Es mucho más cálido de lo que suena».

Seguramente me puse tan roja como un tomate, así que para no empeorar las cosas me quedé en silencio, contemplando el cielo estrellado para encontrarme con la sorpresa de que la verde luna de Venus brillaba por su ausencia. En aquel universo al que cruzamos al salir del bosque, Venus no tenía lunas y quizá tampoco Marte.

Ningún recordatorio en el cielo de mi desdichada esencia. Por eso te tomé de las manos y clavé mis ojos en los tuyos. Mi corazón latía con fuerza, pero no había dudas. Me enjugué los labios con la lengua y te dije en español:

«Te quiero».

Nos quedamos congelados por un momento. En tu rostro se dibujó la imagen de alguien que presencia la más hermosa de las lluvias.

Entonces te acercaste a mí.

Me puse de puntillas y, con el sutil cambio en la gravedad producto de la ausencia de la verde luna de Venus (y quizá también las de Marte), nuestros labios se aproximaron con una pasmosa lentitud hasta encontrarse.

Nuestros rostros empapados por el rocío del invierno se separaron, pero no me dio tristeza, porque clavaste tus ojos en los míos para decirme que tú también me querías.

Al menos eso es lo que presencié en el mundo de cabeza en el reflejo del lago.

Aquí sí que brillaba la verde luna de Venus y, quizá, en algún lugar oculto a mi vista, también las de Marte. Mi garganta estaba tan apretada que no pude decir nada. Me limité a acercar, casi como si fuera el movimiento de una araña a la que le han quitado todas las patas de un solo lado, mi mano a la tuya sobre el barandal de madera.

Pero estas ni siquiera se rozaron.

Mi único consuelo es que quizá en el mundo de cabeza estamos desnudos bajo una sábana, escuchando juntos el sonido de la lluvia mientras esta sociedad decadente poco a poco se entrega al fascismo.

En el mundo de cabeza todo es mejor, no hay Trump ni Abe-san.

Tal vez fuera el odio que mi silencio engendró en mí misma lo que eventualmente me llevó a cometer aquella estupidez que tanto nos lastimó.

Han pasado tres años desde la última vez que te vi y, claro, ¿por qué querrías volver a verme?

Esta noche no habrá lluvia, y como ya es otoño no puedo asegurar que mañana haya sol. Estos días parecen estar cubiertos por una espera tan densa que casi puedo tocarla. Es la espera del séptimo tifón de la temporada.

Seguro sabrías cuándo llega con tan solo mirar el horizonte. Por mi parte solo me queda imaginar que esto me hará sentir un poco mejor.

Lo siento.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Ana Piera dice:

    Melancólico relato, hermosas descripciones. Una historia de amor que no fue. Me gustó.

    Le gusta a 1 persona

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