LA CUBA DE MI NOSTALGIA by Miriam San Juan

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Crecí escuchando nombres como Cabaiguán, Santa Clara,  Camaguey, La Habana (punto de llegada y de salida). Mis padres vivieron ambos en la isla de Cuba, provenientes de las Islas Canarias, posteriormente, emigraron a Venezuela. Mi mamá cantaba el himno de Cuba con emoción, mi papá rememoraba y añoraba la calidez de los cubanos.  Yo participé y me contagié de esa nostalgia.  De modo, que cuando la Revolución Cubana  sonó en el mundo entero, me sentí parte del triunfo.

Corría la década de los 60 del siglo pasado. Era una adolescente que despertaba a la política en medio del sueño de muchos jóvenes latinoamericanos de acabar con las injusticias y las discriminaciones, en un continente plagado de ellas. Resultó natural  que estableciera correspondencia con un hermano campesino de mi padre que vivía allá con su gran familia, su esposa y mis nueve primos.

Cuando se presentó la primera ocasión de viajar, a finales de 1968, de inmediato tomé la opción. Para ese momento, Venezuela había roto relaciones con Cuba, luego de que hubiese sido expulsada de la OEA.

Fue un viaje muy peculiar. El grueso del grupo éramos profesores de la Universidad Central de Venezuela y viajábamos como aficionados al beisbol a unas competencias internacionales.

La salida del aeropuerto de Maiquetía resultó todo un suceso. Entre los pasajeros iban algunas personas de origen cubano que llevaban muchísimos bienes que escaseaban. Otros que no tenían familiares  también cargaban encargos de amigos  y se amontonaron  todo tipo de mercancías. El proceso de embarque, en un momento dado, se suspendió ya que el peso de maletas y paquetes era excesivo. Se redujo a 25 kilos por persona.   El chequeo demoró y salimos con un retraso de 4 horas.

La llegada,  de madrugada, al Aeropuerto José Martín de La Habana tampoco fue fácil. Fuimos recibidos por  funcionarios de aduana recelosos e inquisitivos. A mí me quitaron una radio pequeña que llevaba  de la ex novia de un amigo que había vivido en La Habana. También me preguntaron si tenía familiares en Cuba,  muy  orgullosa nombré al hermano de mi padre  y a mis primos. Indagaron por su dirección y cuando respondí “Seibabo”, apelaron por un mapa sin lograr localizar el pueblo en cuestión. En todos estos menesteres llegamos al hotel Habana Libre a las 7 de la mañana. Me  quedé dormida hasta la 3 de la tarde.

Al bajar al “lobby” del hotel ¡Oh sorpresa! no podíamos salir!!! Explicación: las cinco personas que venían en el viaje, nacidas en Cuba, fueron retiradas del hotel y llevadas quién sabe  dónde,  por presuntamente contrarrevolucionarias.  Nos prometieron llevarnos al Hotel Nacional, a muy poca distancia, después de cenar. Ahí empezó la diversión, con bebidas, orquesta, baile y mucha risa.

A todas estas, ya mi tío se encontraba en La Habana, pero no podía acercarse al hotel por haber sido declarado “Villa Olímpica”.  No pudimos reunirnos hasta dos días después. Hicimos una larga cola para comer unos helados en la famosa Heladería Copelia. Al contarle, muy por encima, los contratiempos experimentados, me enteré de que era posible que el mismo Fidel estuviera viviendo en el Hotel, y de todas las precauciones que imponían los intentos de atentados contra su vida, cosa que por lo demás ahora parecen bastante acreditada.

El viaje duró 15 días y no pude eludir un juego de béisbol en Matanzas. En esa ciudad marítima vive una prima y quería pasar en su casa las 2 horas que durara el juego. Ya estaba tramitando un permiso para viajar por 5 días a Seibabo y poder compartir con la mayoría de mis primos que vivían en esa zona. El tema pintaba complicado, pero no imaginé que no me permitirían estar 2 horas con mi familia, pero así fue.

Si pude ir a las afueras de La Habana a visitar a otra prima. En su casa se quedaba mi tío  para poder hacer guardia en la acera de enfrente del hotel y verme salir y entrar a algún paseo planificado: El parque Lenin, la Plaza de la Revolución, Varadero, El Tropicana, etc.

La ciudad ya pintaba ruinas, aunque todavía no tantas como después. Pero resultaba muy grato la algarabía de sus gentes en las guaguas, en la calles, en el cine, en las paradas, en el Malecón. Aunque ya había comenzado la pedidera, no de dólares, porque todavía no eran de uso común, sí de cualquier cosa: bolígrafos, chicles, un suéter que llevaras puesto,  un collar, una lima de uñas, una barra de labio, una pinza de ceja y hasta una bolsa de plástico cualquiera que uno iba a tirar a la basura  (una javita, decían).

Un suceso destaca entre todos. Nos convocaron a presenciar un llamado juicio popular. Fui muy ilusionada, recordando los elogiosos comentario de Fernando Cardenal, el cura nicaragüense revolucionario, sobre estos eventos: ¡mayúscula decepción! En un salón, no muy amplio, que mayoritariamente ocupábamos el grupo de visitantes, notoriamente distinguibles como extranjeros por más modestamente que intentáramos vestirnos, presentaron a dos enjuiciados. El primero era un joven menor de 30 años que había robado  unas cuerdas en el puerto; el segundo, un español bastante mayor y alcohólico que había osado,  en una borrachera, dar gritos contra Fidel Castro al lado de una escuela. Esta circunstancia era la agravante. Todo ello, rodeado de una ambiente, sin presencia de abogados  defensores. El jurado estaba integrado por dos hombres y una mujer que constantemente le pedían  a los imputados que no cruzaran las piernas y que le dieran la cara al público.  El borrachín me cayó muy bien, pues se mantuvo indiferente a las preguntas de la mujer para dilucidar si estaba en sus cabales o no, cuando profería sus anatemas contra la revolución. El primero, visiblemente angustiado y temeroso, poco le faltó para orinarse en los pantalones.

Mi indignación fue creciendo a borbotones y cuando dieron el derecho al uso de la palabra, me levanté de la silla y como una tromba, manifesté lo lejos que estaba esa parodia de cualquier gesta humanista y el poco respeto que se evidenciaba hacia los acusados. Todo, muy exagerado, era una mala copia del formalismo jurídico  intimidante de los juicios  emanados del liberalismo burgués, pero sin las garantías procesales que suelen caracterizarlos. Ni  los jueces ni los que presidían el acto, contestaron nada, pero se levantó una venezolana que pidió excusas en nombre del grupo, alegando “que la compañera  juzga a la revolución con los valores del capitalismo”. Nadie del grupo, ni el amigo que se sentaba siempre  a mi lado en el autobús, ni mis amigas, ni la compañera con la que compartía habitación y que todos los días buscaba micrófonos en la habitación (alegando la experiencia que había vivido en un viaje a la URSS) , se dignaron a darme una sola palabra de aliento, ni siquiera en privado. Mutis en el foro. Me sentí desolada, aunque por poco tiempo; el viaje era movido y lleno de actividades.

Otro evento significativo fue una reunión con un jerarca importante del “establishment”, que nos recomendó votar por Rafael Caldera, en las elecciones próximas a celebrarse en Venezuela, por considerar que sería lo más favorable para Cuba. Nos dejó perplejos que la consigna fuera votar por la derecha. Este señor candidato, fue mi antiguo profesor de Derecho del Trabajo en la Universidad Central de Venezuela y llegó a ser Presidente del país en dos oportunidades.

Finalmente, si fui a Seibabo y viajamos a varios lugares de Villa Clara y  Cabaiguán donde todavía vivían algunos familiares de mi madre y pude conocer la casa que habitaron hasta que salieron para Venezuela. Muy discretos mis familiares maternos, que tenían uno de sus miembros preso y sentenciado a 20 años por ser del ejército de Batista, no pudieron ocultar su sorpresa al verme llegar en un vehículo que tenía una insignia que decía Partido Comunista de Cuba.

Ese permiso fue una gloria para mí, no sólo porque me dio la oportunidad de conocer a todos mis primos, ya todos con familias propias, sino porque no frustró de mala manera los ideales revolucionarios de mi tío. Un día en medio del tira y afloja de si me lo daban o no,  me llegó a decir con sus ojitos aguados, “si te lo niegan voy a creer que los que dicen en el extranjero es verdad: en Cuba no hay libertad”.

Regresé a La Habana y ya en el aeropuerto nos encontramos con nuestros compañeros de viaje desaparecidos. Muchos nos sentimos incomodos de ver la suerte que habían corrido. Alguien les preguntó si habían sido tratados bien. Una mujer acusada de santera, respondió: No nos pegaron y nos dieron de comer, pero no disfrutamos como  ustedes y apenas pudimos ver a nuestros familiares, bajo vigilancia.  Pueden  tranquilizar sus conciencias, nos  dieron mejor trato que a un gusano cualquiera. 

A mí me supo a poco ese viaje. Posteriormente visité Cuba tres veces.  La segunda fue en 1978, en  una Semana Santa. Los recuerdos quedan eclipsados en mi memoria porque en ese preciso viaje conocí a mi ex esposo y padre de mis hijos. La tercera oportunidad fue en 1986 cuando viajamos juntos con nuestros hijos y visitamos a nuestros familiares.  Ya no existían las restricciones anteriores y alquilamos un carro para trasladarnos a Villa Clara. Y, la última (no creo que haya otra) fue en 1992: mi tío había sido operado de cáncer de colón y sabía que no le quedaba tiempo. Llegué a casa de una amiga venezolana en vivía en el Vedado, una zona acomodada de La Habana donde están instaladas la mayoría de las Embajadas. Cuba atravesaba las difíciles circunstancias del llamado “período especial” con serias afectaciones en todo tipo de suministros.  Sin embargo, nada de eso se notaba en esa casa donde mi amiga estaba instalada como funcionaria del Partido Comunista. No era propiamente lujo lo que observé, pero el contraste con la casa de mi tío, que ahora vivía en Mataguá en una zona más urbana, era demoledor. En el Vedado no había problemas de luz ni de agua, disfruté de aire acondicionado en una casa de la antigua clase media acomodada  de La Habana. Hubo una reunión social donde acudió un alto funcionario del gobierno  y un español, director del hotel Habana Libre. Reseñó una anécdota en la que participaba una hija de ese dirigente máximo y él: un campesino derramó accidentalmente café sobre la chica y en  broma, según dijo, lo intimidó con el linaje de la afectada y las eventuales consecuencias de su torpeza. Afortunadamente,  la gracia fue poco celebrada.

En la casa de mis tíos constaté las enormes penurias en que vivían. La gente se pasaba casi todo el día en la calle, sin oficio ni beneficio. La vida laboral estaba en suspenso por la falta de electricidad y transporte. Sin embargo, yo había viajado en un carro del Estado con un chofer que en sus horas laborales me hizo los viajes de ida y vuelta, cobrándome en dólares. Por supuesto, pagué el combustible,  al que sólo pudimos acceder por el camuflaje de coche oficial. Esta circunstancia y otras, me mostraron la evidencia del desmadre de corrupción que se había instalado. Y no hubo Comandante que mandara a parar, como en la canción de Puebla.

Con tantas vivencias y experiencias no quedaban casi ladrillos de mi ilusión revolucionaria que pudieran resistir.  Uno tras otros se habían ido derrumbando como el muro de Berlín. Cuba siguió ajena a  todo el desplome del socialismo real. Y, Oh sorpresa, o no, la nueva proveedora que sustituyó a la URSS fue Venezuela. En la actualidad el mismo “mar de la felicidad” del que habló Chávez y que las irradia a ambas, ha terminado por igualarlas en la misma degradación y desigualdad, en la misma ineficacia y corrupción, con dominio de los cubanos, expertos en represión, intimidación y sojuzgamiento.

La bonhomía que mis padres echaban de menos posiblemente seguirá existiendo, difuminada entre las urgencias  vitales que impone la precariedad. Ojalá, pueda salir a flote de nuevo, al menos en Cuba, que no ha sido plagada con el cáncer de la violencia delincuencial, un punto a favor del modelo original en Latinoamérica. Segundas copias siempre han resultado malas y burdas, en el cine y la política.

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