VIAJE A CHINA by Miriam San Juan

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En Venezuela, mi país de origen, cuando se hace referencia a un hecho muy pretérito, suelen decir “se te cayó la cédula (DNI)”,  para aludir a la elevada edad del hablante.  Si quien escucha es muy joven,  posiblemente te mire con curiosidad arqueológica.  Partiré de la suposición de que todos los que ahora me leen tenían uso de razón en 1975, año cuando tuvo lugar este viaje, exactamente en julio del 75; o, si no es así, podrán recurrir a internet para ubicarse históricamente.

La elección de la fecha  llama la atención porque en ese mes la región padecía un cálido verano.  Pero era la época en la que los participantes, profesores de la Universidad Central de Venezuela, con sede en Caracas, entrábamos de vacaciones. La idea no era ir y besar al santo, sino conocer más profundamente al país. Por eso se planificó un mes completo en la inmensa China que, por supuesto, siempre sería insuficiente. 

La organización estuvo a cargo de la Asociación de Profesores, organismo gremial de los participantes y tuvo un carácter semioficial, a nivel de las instituciones académicas de ambos países. 

Salimos de Caracas a México, donde pasamos 3 días de juerga y diversión, cada quien a su aire; luego, viajamos a Japón con escala en Vancouver durante 16 eternas horas de avión. En Japón y luego en Hong Kong  nos alojamos en hoteles  de auténtico lujo asiático y  flotamos entre vigilia y sueño por nuestra iniciación en la cultura oriental. A los tres días partimos en tren a Cantón, donde empezó propiamente el viaje en cuestión. Ya en esta ciudad empecé a percibir la austeridad, casi pobreza, del país en que discurrirían mis próximos 30 días y del régimen disciplinario estricto al que estaríamos sometidos.  Entré por mis propios pies en un particular internado,  institución que no conocía,  afortunadamente, y a la que nunca me habían enviado mis padres. Todo ya estaba programado, entiendo que con muy buena intención. El ritmo vital de los chinos y de nosotros los caribeños era diametralmente opuesto.

Se trataba de un grupo de académicos interesados en conocer al país, sus logros y su sistema político. No era un tour de placer y diversión,  aunque nuestro carácter tropical se sobrepuso a la austeridad y nos facilitó ingenio para el esparcimiento, la risa fácil y el cantar con o sin sentido. Gran parte de mis compañeros y compañeras se habían apertrechado de bebidas alcohólicas que al finalizar  las extenuantes jornadas que cada día cubríamos, entre visitas a pagodas, fábricas y escuelas, nos permitían relajarnos en las habitaciones de  hoteles que carecían de bares o salones para estos fines. 

Esa primera noche en Cantón nuestros acogedores anfitriones nos ofrecieron un banquete de 70 platillos, aderezados con brindis de baijú (1) Fue una pena que desconociéramos previamente ese número y nos atiborráramos con los primeros, enfrentándonos al dilema entre corrección e indigestión. Hicimos lo que pudimos y al día siguiente, a las 8 en punto teníamos que empezar nuestra rutina de cada día, al principio con entusiasmo y emoción, pero a medida que avanzaban los días, con cierto cansancio y desidia.  Pronto me di cuenta que todo se repetía,  las pagodas, los campos de arroz,  la misma historia de abnegación y amor revolucionario.  El cuento típico de la caperucita roja, pero en versión revolucionaria: la campesina que iba ser violada por el terrateniente y el guardia rojo que la salvaba.    De ahí que entre risas y tragos (aclaro que no bebo ni bebía alcohol) una amiga jocosa del subgrupo al que me integré, nos hacía la representación en sesión privada, cuando omitíamos asistir a la oficial, en un teatro sin aire acondicionado. Tampoco lo había en la mayoría de los hoteles en los que nos alojamos.

Las ciudades chinas me impresionaron muchísimo: las multitudes eran literalmente inmensas, había poco tráfico automotor y miles de bicicletas por doquier. El autobús se tenía que ir haciendo hueco entre ese enjambre. Curiosamente, parece que hoy no es así. En cambio, en países con muchos recursos, como los escandinavos, el fenómeno empieza a crecer por convicción y no por carencias. Por doquier se percibía  pobreza y atraso: gentes en cuclillas en las puertas de las casas comiendo fideos, mujeres metidas hasta las rodillas en los arrozales, y fábricas e industrias muy rudimentarias.  

Un dato muy importante  a destacar es que el viaje tuvo lugar durante la Revolución Cultural, dirigida por  Mao Zedong, “el gran timonel” de ese proceso sociopolítico acaecido en China entre 1966 y 1976.

Nuestra principal ventana al país fue nuestro inolvidable guía Chao, siempre calmo y sosegado. Su recuerdo lo asocio a un folleto que nos entregó, denominado “Viles métodos y malignas intenciones”. Una suerte de alegato contra lo que juzgaban como deslealtad del Director de cine Bertolucci, generosamente ayudado por las autoridades chinas para las localizaciones y participación de actores y extras en su película “El último emperador”; galardonada con varios premios cinematográficos, entre ellos el Oscar. No alcancé a comprender, ni entonces, ni ahora, que fue lo que tanto les molestó. Como suele suceder cuando se versionan hechos históricos, las opiniones se polarizan. Muchos la consideraron una película procomunista y pusieron en duda que el último Emperador no hubiese sido ejecutado por la revolución.

Años después, al verla, recordé la escena a la que asistimos como espectadores silentes, de un profesor universitario que se formulaba una autocrítica por desviaciones pequeñoburguesas, por las que había sido apartado de la enseñanza. Sentí vergüenza retroactiva de nuestra pasividad y un fresquito, imaginándome que, al igual que El Emperador en la última escena de la película,  hubiese visto pasar a sus “corregidores”  con gorros y letreros descalificativos,  tomando de la misma sopa que antes distribuían impunemente.

Por influencia de la Revolución Cultural los chinos y chinas vestían igual: camisa blanca y  pantalón o falta negra. Me sorprendía que esas bellezas de telas de seda, que resultaban baratísimas para nosotros, no fueran usadas por las mujeres. En verdad no entendí a quiénes servían estos comercios y otros de objetos de alta calidad artística, porque obviamente la población local no los  consumía.  Algunos de los integrantes del grupo compraban  jade, pinturas y hasta biombos labrados que hicieron trasladar a Caracas.

La impresión más intensa que tengo de la población china es su gigantesca laboriosidad.  Nuestras preguntas sobre derechos laborales, descansos y vacaciones, parecían dejarlos  perplejos.  Los días pasaban iguales, no recuerdo ninguna diferencia entre ellos, no creo que existieran sábados, domingo ni vacaciones. Solo trabajo y lucha. Quizás la mayor expansión que disfrutaban, era el taichí quehacían en masa y a conciencia y de madrugada, especialmente en Shangai.  En Pekín, se añadía otra tarea que nos comentaron: los subterráneos que fabricaban para protegerse de un  supuesto y temido ataque nuclear de Rusia, con quien mantenían una sería tensión que luego se disipó, según parece. Tal actividad la realizaban luego de terminada la jornada laboral.

Por supuesto que visitamos la Muralla China y la Ciudad Prohibida y paseamos por la plaza de  Tiananmen, mucho antes de los terribles sucesos que la hicieron famosa en 1989.

La despedida de nuestro viaje fue una exquisita cena presidida por el Viceministro de Educación. Todos los comensales teníamos ubicado nuestro lugar con una etiqueta con nuestro nombre en chino. Un bonito detalle que no permite omitir otro más divertido: Ante las procedentes o impertinentes preguntas nuestras  (según como se vea), el distinguido anfitrión nos contestó que respondería posteriormente porque en el momento nos explicaría la receta para la elaboración del pato laqueado que de inmediato degustaríamos. Ahí quedó el tema.

Ese país que pretendimos  conocer comenzaría años después un avance imparable que lo ha convertido en una potencia mundial, dejando totalmente de lado las ideas de la Revolución Cultural.

Para  finalizar  he de decirles que lo más curioso del viaje no fue lo distinto que eran los chinos, sino lo diferente y hasta risible que nosotros les resultábamos a ellos, como pudimos constatar en varias ocasiones: en museos, de donde tenían que sacarlos para que no nos acosaran con su cercanía, en un pueblo en el que se había ahogado un vecino, al que abandonaron en cuanto aparecimos, y en una  constante observación donde quiera que estuviésemos, tal como si fuéramos extraterrestres.   Según parece, motivada por nuestro mestizaje étnico y la diversidad de nuestras fisonomías.

De regreso llegamos de nuevo a Hong Kong, para la época colonia británica y nos sentimos liberados al fin del internado y la disciplina. Algunos  tomamos fotos jocosas, de rodillas en el piso, clamando  como cubanos llegados  a Miami, “Yo escogí la libertad”. Ante el estupor de muchos compañeros maoístas, escandalizados de nuestro humor. Hoy, 40 años después, la mayoría de ellos han renegado por completo de esa ideología y de cualquiera de sus conexiones.

1 Baijiu (en chino simplificado, 白酒; pinyinbáijiǔ; literalmente, licor blanco (claro). https://es.wikipedia.org/wiki/Baijiu

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Muy interesante Miriam, Saludos Juan

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  2. Scarlet Cabrera dice:

    Existen viajeros con sensores en los poros.
    Muy bueno, Miriam.

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