CANARIAS Y LA PENINSULA by Miriam San Juan

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Allí estábamos. En la Isla de la Palma. Al fin en tierra firme. Todavía sentía que me mecía. El último día de navegación, un fuerte mar de leva me mantuvo atada al camarote.

Ante mí, un camino empedrado irregularmente, montada en mis absurdos tacones de chica caraqueña, intentando no caerme, avanzando solo con un maletín. El resto del equipaje lo llevaron el taxista, mi papá, mi tía Augusta que bajó a la carretera a recibirnos, y una niña, mi prima Chary.  La casa, adornada por una Palma, estaba en el medio de la colina, entre el pueblo de Mazo y el mar. Lucía muy aparente, alta y elegante, abierta al mar. En su interior nos esperaba la abuela, pequeñita y vestida de negro. Lloró de  alegría, al ver a su hijo, a mí casi no me determinó, ni en ese momento ni en toda mi estancia.

En esa familia de mujeres, una viuda, una abandonada por un marido instalado indefinidamente en Venezuela y una niña con padre ausente, pasaría una larga temporada, interrumpida por viajes a otras islas y a la Península. Allí cobró sentido para mí la distinción de  Bolívar entre españoles y canarios. Claramente los isleños se diferenciaban de los peninsulares, a quienes se referían con admiración y respeto, no excepto de sentimientos de envidia y recelo.  Cuando le anunciaban a algún vecino que mi padre y yo viajaríamos, se inflaban de orgullo , “van a la península”,  conocerán Madrid y Barcelona!!!

No acierto a recordar cómo llenaba aquellos largos días. Era verano y anochecía muy tarde. La belleza del paisaje me sobrecogió: el mar ancho y azul, cruzado por barcos y ferrys, la colina verde (más claro que el de Venezuela), llena de pequeñas huertas delimitadas por muros de piedra, las casas dispersas, modestas y pobres, me convocaron a ejercer de fotógrafa. Salía muy moderna con mi cámara Minolta, a plasmar imágenes que lamentablemente no conservo.

En uno de esos paseos vi a un joven agricultor en sus faenas, le pedí permiso para tomarle una fotografía. Asintió azorado y se acomodó el sombrero. Y seguí rumbo al pueblo obligándome a subir la cuesta y con temor de no saber localizar la casa a mi regreso. Llegué a un bar y desafiante pedí una cerveza. Así se fue instalando lo “moderna” que era la hija de San Juan, fumaba, bebía y se bañaba en bikini (en verdad, tan sólo era un traje de baño de dos piezas) con las chicas de menos edad, las de 19, 20 y más estaban casi en su totalidad casadas. A mis 22 años, resultaba ser una solterona que no vestía santos.  Algo extraño!!, no encajaba!

Photo by cottonbro on Pexels.com

Frecuentemente iba en autobús a la pequeña capital, visitaba comercios y compraba. Me paseaba por la calle cercana al mar y comía calamares rebozados. Regresaba temprano a la casa familiar y mi abuela con sorna me decía: “mija deja algo para que los demás puedan comprar”, sin subir la vista desde el mantel que bordaba en su bajito taburete.

Con mi padre y mi tía y prima visitaba muchas casitas de vecinos que nos ofrecían un vino peleón que me tenía que tragar por cortesía. Veía la pobreza y la soledad de muchas mujeres, cuyos maridos estaban trabajando como temporeros en Alemania. La impresión general era de penuria. También recibíamos visitas en casa. Una de ellas resultó muy sorprendente: el joven agricultor que fotografié se presentó con su padre; la corta visita resultó embarazosa, no había tema de conversación y visiblemente apenados se retiraron. Sorprendida indagué con mi tía si eran amigos de ella y con picardía me respondió que venían por mí. Entendí que el joven ya se veía en cruzando el Atlántico instalado en Caracas, alto precio por una fotografía.

Tuve oportunidad de recorrer la isla en más de una ocasión y percibir el contraste entre el paisaje verde que me rodeaba diariamente y el volcánico y desértico. Y pasar una semana en Puerto Naos, hoy importante localidad turística. Me quedé con una familia amiga de mi padre que gozaban de una buena posición económica, gracias al éxito que alguno de los hijos como inmigrantes en Venezuela.  Mi fama de “moderna” se acrecentó cuando por pura casualidad compré la revista La Codorniz y me instalaba a leerla en mi tumbona frente al mar. Se trataba de una publicación de humor gráfico y literario, dotada de inteligencia crítica, no muy bien vista por el franquismo, quizá tolerada por muchos años, por estar dirigida a un público elitista.  Empecé a acercarme a la variada, diversa y apasionada españolidad, sin imaginar que un día estaría inmersa en ella.

En ese viaje y en mi estancia en Canarias no todo fue grato. Sin querer queriendo, fui descubriendo aspectos oscuros de mi familia y mi padre. Mi abuela no era una viejecita tierna, me espetó : —“eres escritita a la familia de tu madre”— se refirió a su hermana como “a esa puñetera que me robó las hijuelas”, cuando yo le comentaba que la había conocido en una casa contigua a la suya; supe de una hermana por parte de padre, también vecina de Mazo, quien mi padre había engendrado a los 16 años  y que motivó que mi abuelo, lo llevara a Cuba de donde no regresó; empezó el runrún de que mi bisabuelo era cura y mi abuelo fue criado en un orfanato; mi padre me entregaba las cartas que me llegaban rotas, inventando pretextos absurdos, invadiendo mi intimidad y la de personas amigas; conocí que los dos dedos que le faltaban a mi tío y que el atribuía a  la guerra, eran la consecuencia de un disparo que se había hecho el mismo, para evitar el reclutamiento y que casi lo llevan al fusilamiento; oí el rumor que el hijo mayor de un tío, quizá no era hijo de él; en general, un mundo turbio con tantas oscuridades  en contraste, o más bien en consonancia con el puritanismo hipócrita reinante. El viaje va apareciendo como un aprendizaje moral de la condición humana, del machismo imperante y de las contradicciones entre el mensaje y los hechos, tan evidentes e ignoradas por sus protagonistas

Todos esos secretos llegaban a mi conciencia todavía atenuados por mi juventud, pero con el tiempo fueron trastocando la visión idílica de la familia y especialmente de mi padre, a quién siempre le rendí devoción, pero que poco a poco, fui situando en su dimensión humana y en sus circunstancias, afortunadamente. Eso me llevó a reequilibrar la figura de mi madre, víctima de su marido y de su propia familia de origen y de destino. Pero ese es un asunto aparte, que merecería muchas páginas. Me llevó a transitar otro viaje, el arribo a la adultez y la construcción acabada,  hasta donde es posible, de mi identidad femenina y feminista.

El viaje a la Península fue casi todo marítimo. De la Palma a Tenerife, de Tenerife a Alicante; a Madrid llegamos después de 8 horas de recorrido por infames carreteras; de Madrid a Barcelona, más de lo mismo; de Barcelona a Mallorca y de vuelta a Canarias en barco. Mi impresión general de la península fue más bien decepcionante. España resultaba pobre y atrasada, en relación a la Venezuela petrolera.  Ya se empezaba a notar el empuje del turismo, tuve el privilegio de ver al incipiente emporio que se convertiría Benidor y la admiración y perplejidad que producían los “europeos” turisteando en Palma de Mallorca. No escapé a los diferentes encantamientos que producen Madrid, ni Barcelona y mi sensibilidad no dejó  de maravillarse en Toledo, ni en el Escorial. Experimenté muchísima irritación en el Valle de Los Caídos, que mi padre se empeñó en visitar y casi me enzarzo con la guía por su calificativo de  su “espíritu reconciliatorio”.

En todo el recorrido mi padre no se separó ni un minuto de mí, salvo cuando fui a la peluquería y me aventuré a caminar sola por las calle de Barcelona. Casi que deseaba volver a Canarias y lo más rápidamente a Caracas.  Quería disfrutar de una mínima autonomía. Tres años después viajé sola por primera vez sola. Estuve en Nueva York, en Barcelona y todo un mes en París. Por supuesto, fue otra cosa.


Varias veces he vuelto a Canarias, recorriendo todas sus islas y siento un afecto especial por la Palma y La Gomera, las islas desde salieron mis abuelos a hacer Las Américas. En 1983 pasé todo un año en Madrid y fue la ocasión para tomar conciencia de lo privilegiada que era, de todas las extraordinarias prebendas que me ofrecía mi país, a pesar de que en ese momento sonó la alarma de la primera devaluación de la moneda y de la sorpresa que causaba mi nivel de vida y mis viajes a la mayoría de los madrileños que conocía, ocupados en estirar su sueldo o, peor aún, en conseguir trabajo. Más tarde asumiría que la bolsa petrolera no era inagotable y sus monedas caían pesadamente sobre un lado y escasamente hacia otros.

Quiso el destino, para beneplácito de mis padres, que me casara con un español y que años después me instalara con mi propia familia en Madrid, mucho tiempo añorando a Caracas hasta que regresé en 2006. Para volver en 2017 , ahora sí convencida, de que Madrid es mi lugar, hasta que la muerte nos separe. He visto, desde mi propia perspectiva la evolución de España desde la distancia emocional y política que me da cierta ajenidad puedo decir “quien te ha visto y quien te ve”.  Se trata de una simplificación, pero el viaje de España ha sido intenso y extenso. Aunque soplen vientos preocupante que alertan sobre una nostalgia del pasado.

Photo by Matt Barnard on Pexels.com

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