RESTOS DE SUEÑO by Alejandro Villaverde Viayra

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Saberse incapaz de soñar era una ventaja para distinguir la realidad de la fantasía.

Sin embargo, el zumbido del aire acondicionado y la frescura de esa oficina tan pulcra que se acercaba a lo estéril lo hacían dudar de su cordura.

Ahora, distinguir entre los sueños y los recuerdos con los que lo suplía al dormir era mucho más complicado. Nada aseguraba que un ensueño no siguiera la misma lógica y la mujer parada frente a él era un espejismo, jamás creyó que la volvería a ver, mucho menos luego de tantos años.

La ilusión se sostenía porque Edelweiss cambió tanto en tan poco tiempo, en formas tan propias de ella, que parecía que todo seguía en su sitio. Su lenguaje corporal seguía siendo dominante, sus movimientos regios y seductores como la evolución del comportamiento de princesa que tenía cuando la conoció. El tiempo congelado en sus ojos fríos que repararon en él solo un momento y luego se perdieron de nuevo en la pantalla de su teléfono.

Siempre era así, ella no se detenía y él no se inmutaba.

Estaban solos. Ninguno se atrevía a pronunciar la primera palabra y como él no era alguien que sintiera fascinación por las redes se acercó al ventanal.

Desde ese rascacielos podía ver las refinerías de sueños, edificios ocultos en callejones de reputación dudosa como en el que ahora vivía. El aroma dulce de los sueños recién exprimidos bullía en el aire y la tentación siempre asechaba, especialmente para alguien sin sueños. Era un mercado despiadado que convertía a sus víctimas en sus compradores más fieles, aunque muchos no tuvieran el dinero para costear el vicio que sin duda adquirirían ¿dejaban de ser víctimas entonces? Incluso cuando estaban consumiendo al otro, solo era otra forma de explotarlos.

El sol se asomó entre las nubes y lo cegó. Alzó la mano para hacer visor y por un momento le pareció que atravesaba su piel como si fuera transparente. Hizo un puño y apretó lo suficiente para lastimarse, para recordar que todavía estaba existiendo.

Ella inició la conversación.

—Espero no me hayas olvidado, Sarastro —canturreó a sus espaldas.

—No fui yo el que evitó la mirada del otro —buscó su mirada.

Los rayos del sol también la iluminaron, captó su atención el brillo de la banda en torno a su dedo anular que no había notado hasta ese momento.

—¿Pensaste que estuve viviendo bajo una piedra esperando a que nos encontráramos de nuevo para resumir mi vida? Porque parece que tú si lo hiciste —comentó Edelweiss como defendiéndose. Aún así, se quitó el anillo y lo guardó en su bolsa de mano. Por un momento pareció sonreír, ella se dio cuenta y por eso fingió ordenar su bolsa.

—Muy tú el asumir que toda gira a tu alrededor —respondió Sarastro— ¿te diviertes?

—Es que ha pasado tiempo —cerró la bolsa y se acercó.

—Y desde entonces preparaste los comentarios mordaces.

Si alguien los hubiera escuchado, su primera impresión habría sido la de dos personas que se odian. Esas discusiones en realidad tenían un ritmo acordado en el que cayeron sin darse cuenta, jugaban al tenis no para anotar sino para mantener la bola al aire el mayor tiempo posible, era un trabajo cooperativo perfeccionado tras años de conocerse.

Sin embargo, no eran los mismos que antes y la pelota debía de caer. El silencio volvió a reinar.

Ese silencio, pretender ignorarse, tampoco era algo inusual en su relación. Al menos para Sarastro, no había ninguna tención ahí y lo aceptó con la misma naturalidad que aceptó la ruptura. «Así es ella», fue como lo racionalizó.

Pero Edelweiss, no estaba conforme y rebuscó la forma de continuar la conversación incluso si la conducía por caminos inexplorados.

—Lo siento, es que no siempre puedes tener una conversación estimulante —en ningún momento, ninguno de los dos, se imaginó la vulnerabilidad como parte de su relación.

Ella rodeó el escritorio y se sentó en la silla de la oficina como si fuera suya.

—Me siento mal por el pobre diablo que debe soportar tus ocurrencias.

—Como si fuera a darle ese privilegio —ella giró en la silla mientras miraba el techo.

—No me interesan tus problemas maritales.

—No entiendes, el matrimonio cumple su función.

—Una transacción más, entonces.

—Bien posicionado, pero…

La idea quedó flotando en la habitación como el dulce aroma de las refinerías de sueños, un suspenso peligroso de resolver.

—¿Conseguiste lo que querías?

—Sí —respondió cansada, inclinándose hacia el frente—, no suenas muy conmovido por mi historia. Y yo que pensaba publicarla.

—No, no, no —Sarastro se preguntó por qué le preocupaba tanto lo que pensara—. Solo que es justo como imaginaba.

—¿Eso debería ser reconfortante? —ella se levantó y fue hacia la ventana— Que las cosas salgan tal como esperabas, quiero decir.

—Más reconfortante que la situación en la que nos encontramos ahora, al menos —se burló Sarastro y señaló la oficina vacía. La persona que los había citado no aparecía.

—¿Fue difícil llegar? —preguntó ella sin enfrentarlo aún.

—Si que nos hemos quedado sin conversación —Sarastro se acercó a la ventana y se percató que ella observaba las mismas refinerías que el notó la primera vez, sumergiéndose en un recuerdo compartido.

Eran unos niños con delirios de grandeza cuando se conocieron.

Podría decirse que fue odio a primera vista y aún así, en esa emoción, encontraron más en común entre ellos que con el resto de la gente.

«Por lo menos sería incapaz de mentirme», fue como racionalizaban los comentarios mordaces que intercambiaban día con día, cada vez más personales, cada vez mostrando un poco más del otro. Así fue como Edelweiss se enteró lo que Sarastro había sufrido en su infancia.

«De niño me metieron en una máquina tubular con una especie de cinta magnética suspendida sobre mi cabeza mientras yo estaba recostado. Un juego de luces parpadeantes me indujo al sueño. Fue la última vez que soñé. Tuve la sensación de que soñé por toda una vida, aunque no puedo recordar de qué se trató el sueño», esa había sido la historia que le contó.

—Creo que debería disculparme —admitió Sarastro con un suspiro.

Por primera vez, fue Edelweiss quien buscó sus ojos.

—Por hacer como si todo se hubiera tratado de mí, por no estar cuando me necesitaste —continuó Sarastro.

—Fue toda una experiencia —Edelweiss sonrió con nostalgia.

Ella había comprado una pipa de sueño a escondidas, para Sarastro fue casualidad que lo eligiera para compartirla, pero ella sabía que era una forma retorcida de compasión. Probarla fue una experiencia aterradora para Edelweiss, terminó asustada y llorando en ese caluroso taller donde se ocultaron. No había nadie a quien pedir ayuda, fue la primera vez que reconoció lo sola que estaba.

Y seguía estando sola.

Para Sarastro, sin embargo, fue una experiencia fascinante. Incluso si no era capaz de recordar el contenido, la sensación lo llevó más hacia la manía incapacitante y no fue sino hasta después del estupor que vio a Ed, como le decía entonces, acurrucada en una esquina temblando y con el rostro empapado en lágrimas. Jamás se perdonó por no estar para ella cuando había sido elegido para acompañarla en esa experiencia.

Luego de eso, comenzó a evitarla. Por lo menos hasta que el azar se encargó de separarlos de forma definitiva, o al menos eso pensó hasta ese día.

Siete años habían pasado desde entonces.

¿Cómo distinguir un sueño de un recuerdo? Solo pensarlo empujaba a la superficie historias que nunca habían comenzado mientras que el cuerpo sufría, agotado, porque las emociones no parecían tener final. Quizá ese era el momento culminante y todas sus interacciones hasta ahora estaban sostenidas para llegar a esa cúspide particular.

—Considerando que todavía la recordamos, sí que lo fue —Sarastro fingió desinterés.

Edelweiss caminó decidida hacia Sarastro. Si planeaba responder de alguna forma, la interrumpió la puerta y las disculpas de la persona que los había citado. Una vez más suspendieron sus emociones en pro de la realidad que avanzó desentendida hasta agotar la luz del día.

Afuera, Sarastro la acompañó hasta su auto.

—¿Vienes? —Edelweiss quitó la alarma y luego añadió, al darse cuenta de que Sarastro se había quedado paralizado—. No voy a secuestrarte, solo quiero acercarse a tu casa.

—Sería mejor que no.

—Es verdad —Edelweiss cerró los ojos—. Admito que cometí errores y es importante vivir con ellos, también que te mentí porque todavía no obtengo lo que quiero ¿sabes cuál es mi mayor aspiración? Ser recordada ¿harías eso por mí?

—No podría olvidarte.

Y esa confesión habría sido suficiente incluso disfrazada como una obviedad, pero la diferencia entre un sueño y la realidad es que la realidad no concluye en un punto satisfactorio. Siempre había una línea más.

—Entonces nos estaremos viendo.

—No lo creo.

—Si, probablemente no.

El auto arrancó y cuando se perdió en el horizonte, Sarastro se percató de que había olvidado respirar. En la primera bocanada del aire lo invadió la eterna tentación de los sueños refinados y su piel se erizó al contacto con la su ropa húmeda, pues esa noche bochornosa sí que lo estaba haciendo sudar.

El inaudible zumbido del dolor era la prueba de que estaba en la realidad, siempre tentado por los sueños que no pudieron cumplir.

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