SILUETA PÚRPURA by Alejandro Villaverde Viayra

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Los tomos viejos solo servían para guardar las apariencias.

Varios pisos debajo de la gran biblioteca estaba una granja de servidores que albergaba incontables magnitudes más de información en menos de una décima parte del espacio. Exclusivamente para el papel solo quedaban mentiras y asuntos banales. Con ese cambio también se perdieron otras superficialidades como la textura, el aroma y el encuadernado.

Quizá era por compasión, o tal vez una errónea identificación, que hacía lo necesario por permanecer el mayor tiempo posible en la planta baja, incluso si el sótano tenía muchas más comodidades de las que jamás habría cerca del frágil papel con décadas de antigüedad.

Lo que estaba entre los libreros, más que solo papel, cuero y cartón, eran productos de intensas pasiones. Todos escritos con el amor más sincero con la expectativa de que alguien los recibiera con ese mismo cariño, incluso cuando se trataba de trabajos que surgieron a partir de la indignación o la mofa, del aburrimiento y la desidia.

No era ninguna sorpresa que, ante el rechazo sistémico, estas emociones tan intensas se desbordaran y constituyeran fantasmas indignados clamando por un mejor trato. Si tan solo creyeran en ellos, quizá los hubieran escuchado, pero ante esta era de la certeza ni si quiera las voces de los muertos se sostenían ante la eterna inmediatez. Reducidos a juegos de sombras eran incapaces de interrumpir la constante marcha de personas que cruzaban la biblioteca solo para llegar al otro lado.

Se comentaba sobre la incomodidad que generaba el traslado, pero era atribuido a la creciente inseguridad del exterior y se luchaba por un acceso directo, si no es que por el destierro absoluto de la biblioteca del edificio de estudio y consulta.

—Alguien podría esperar oculto a la sombra de un librero —advertían.

Me preguntaba mientras miraba desde la mesa si lo que temían no era más bien que la oscuridad propiciaba el encuentro con sueños indistinguibles de la realidad, con terribles recuerdos que debían quedar olvidados al entrar en esas puertas.

Porque la entrada debió ser un escape, pero incluso eso fue abandonado.

De entre los fantasmas que reclamaban un mejor trato, había uno en particular rodeado de misterio. Permanecía en silencio, su única manifestación era dejar cartas desperdigadas entre los libros que nadie nunca tomaría, observaciones precisas sobre aquellos que pasaban, comentarios sobre la sociedad actual y lo ridículas que eran con su sentimiento de superioridad sobre su propia era cuando en realidad nada había cambiado tanto.

Era quien esperaba entre los libreros, no esperando atracar al visitante o por lo menos no en la forma que la mayoría temía. No, su intención era sangrarles las palabras y pensamientos, robar sus expresiones y asaltar sus pensamientos más íntimos.

Esa entidad quizá era la responsable de los fantasmas que no podía identificar. No era ni Doyle, ni Austen y mucho menos alguna de las Brönte. Quizá con Shelley se hubiera llevado bien, pero ese pensamiento no venía al caso. Al paso de los días el exterior y el interior fueron confundiéndose cada vez más con sus recreaciones de los visitantes poblando la biblioteca incluso en su ausencia.

Esta situación tan peculiar me alejó de mis estudios y mis propias notas, poco a poco fui adaptándome a un nuevo papel. Era evasivo, cuando comencé no tenía ni idea de cuando o como atraparlo, paseando a ciegas entre los distintos libreros no tuve ninguna oportunidad de atraparlo en el acto, pero si de maravillarme de su agilidad para dejar pequeñas cartas que no estaban ahí la primera vez que había pasado y que podía recolectar solo en mi trayecto de vuelta a mi asiento.

Leía las cartas con calma, cada una presentándome la historia de cada persona que cruzaba los pasillos o por lo menos lo que intuía de verlos pasar e interactuar. Visiones románticas de visitantes solitarios, crueles descripciones de la relación de una niña con una madre que le exigía demasiado e incluso la triste historia de un hombre mayor. Me era difícil no pensar que se tratara de Christie imitando a Poirot, de Freud reconstruyendo su brillante teoría de la mente.

Comencé a notar patrones y a utilizar a los visitantes como carnada. Cuando más éxito tenía solo era un vistazo de tela morada, espectros más fantasmales que los que ahora daban nueva vida a la planta baja de la biblioteca. Concluí que, sin duda alguna, estaba lidiando con una mujer. Sin importar la época, tenía la certeza que ropa tan larga y llamativa era más consistente en ellas a lo largo de la historia.

Con esta idea en mente intenté agudizar la vista, correr incluso si iba contra las normas, con tal de adquirir un vistazo. Tenía la suposición, si sus creaciones eran una indicación, que la especificidad era lo que daba forma a los espíritus y era por eso por lo que no había logrado robar ni un vistazo de la misteriosa benefactora de la biblioteca. En el siguiente encuentro hice un esfuerzo activo por seguirla, pero alcanzarla no resolvió ninguna de mis interrogantes.

Su forma era una silueta poco comprometedora, un trazo purpura que delineaba el espacio general en donde se encontraba sin un detalle por el cual reconocerla. Era como si su persona hubiera sido arrancada de la historia, así como su nombre de las cartas que yo seguía recolectando.

A verse descubierta se quedo paralizada, pero su postura no indicaba temor sino desafío. Si pudiera ver su rostro, sus ojos estarían mirándome fijamente, estudiándome como a todos los demás, podía sentir en mi cuerpo su mirada escudriñándome y robando todo lo que en mi había.

Pasaron segundos que se sintieron como horas, después me ofreció también su voz femenina en un idioma que desconocía. Aunque era una composición melodiosa, daba la impresión de imponerse sobre mi y sobre todo aquel que la desafiara. Luego de eso, se dio media vuelta y desapareció en una esquina sin que yo pudiera reaccionar a tiempo para seguirla.

Esa fue la última vez que supe de ella directamente. Siempre contenta en permanecer al margen de los eventos y describirlos posteriormente.

Quizá una carta sin nombre logre también atraer su atención. La dejaré en esa biblioteca que el tiempo dejó atrás.

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