LA CASA DEL ÁRBOL by Marcos Bordón

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Tony se despidió de su único y mejor amigo, Lito, con ese saludo característico que trascendió fronteras, “chocar palmas, golpe de puño”, era tanto el cariño que le tenía a él, que le consideraba como el hermano que nunca tuvo o el amigo que siempre quiso. Tony, era el único hijo de dos padres súper cariñosos, que le brindaban lo mejor siempre, no lo hacían con el fin de mimarlo demasiado, sino que, para ellos, era en su medida justa, la demostración que él merecía.

            Su existencia era como una dicotomía polarizada, constituida por el bien y el mal, manifestados como una paradójica cohabitación de monstruo y héroe, ángel o demonio. Con respecto a su amigo Lito era dos años mayor que él, no obstante, aquello no quitaba lo unidos que podrían ser e iban en medio del camino entre la ignota experiencia y la actitud del querer saber.

Tony tendía siempre a sentirse taciturno por motivos que desconocía, como si tuviera una afección indescifrable o un trastorno a punto de ser descubierto, su vida le era triste en ese sentido y no quería ser un ratón de laboratorio ni convertirse en el individuo inmune, el paciente cero que tiene la cura para un nuevo brote pandémico. Quería ser él, no convertirse en otro por culpa de alguien más, solo eso anhelaba. Siempre que sentía de ese modo, lo único que hacía para quitarse la ansiedad que llevaba, era subirse a su casa del árbol, ahora a sus diecisiete años, ¿quién imaginaría que aún se meta allí para camuflarse de la realidad?, hasta parecía inverosímil verle subido a un sujeto como él en un lugar que en realidad era para un niño.

Tenía dentro, juegos de azar, libros varios, un pequeño sofá, una hamaca paraguaya, una pequeña radio a pilas y sus incontables juguetes de infancia, además de un binocular semi profesional que usufructuaba para ver más allá de lo que le permitía sus ojos.

El cielo se encapotó y ese gris hizo que lo ayudase a su condición de anacoreta, las nubes en la lontananza desprendían chispas y la amalgama de emociones lo trastocaban en trapisondas e incertidumbres.

Desde arriba se podía divisar todo el panorama, en medio, una laguna artificial los separaba de su terreno con los demás vecinos, para cruzar al otro lado, se necesitaba voltear por completo el camino o hacerlo en bote.

A continuación, encendió la lámpara de queroseno (por si acaso), después, como si fuera un francotirador experimentado, apuntó su binocular hacia dos personas que parecían actuar con sigilo. Era un bote que creía conocer, el de su padre, ¿acaso no se fue a trabajar? —le entró la duda—, enfocó la mira hacia ahí, en efecto, era el bote de su padre. Una serie de incógnitas de pronto le nublaron la mente.

            Deseó no ver lo que no quiso y descubrió sin querer lo que el azar le deparó, su madre, al lado, su secuaz y donjuán mejor amigo, Lito, fundidos en el suelo, el cielo era su agridulce compañía, el inicio del beso, la consecución de propiciadas caricias, para culminar en el acto del amor, los arbustos, el bosque, la soledad, todo, tal vez pensaron que mantendrían el secreto a salvo, salvo que alguien más lo descubriera.

            Tony subió tan alto para caer tan bajo en cuanto a amistad se refiere, creyó fehacientemente en Lito, pero el pecador siempre tendrá sus aliados y preferirán enmascarar esa insensibilidad del ser. En cuanto a su madre le puso muy triste, simulaba ser una buena esposa, al lado de un padre que de seguro, qué tipo de secretos también ocultará —no quería echarle toda la culpa a su madre.

            Ese intríngulis que lo perseguiría como sombras de ahora en más. No quiso ver la continuidad de aquella dolorosa escena, para él, se convirtió en una película de terror, para ellos, una obra romántica.

            Sollozó en su escondrijo, confiaba en ellos dos, ahora, ¿cómo confiaría en los demás si su madre y su mejor amigo actuaban de ese modo? —se preguntó—, su casa se convirtió en el árbol de conocimiento y otro saboreaba del fruto de lo prohibido.

            Después de aquel acto bochornoso, escuchó encenderse el motor del bote de su padre, temía mirar para ser descubierto y lo peor de todo que, supuso que su madre regresaba triunfante de aquel encuentro furtivo.

            A la noche, su madre avisó que estaba lista la cena, los tres estaban sentados a la mesa, sus padres sonreían por situaciones superfluas, entretanto Tony se sentía tan melancólico como siempre, pero esa noche, como nunca antes.

—¿Te sucede algo, hijo? —preguntó su madre al verlo de ese modo.

—No, no es nada —mintió.

—Seguro es una chica —bromeó su padre, para salir de la incomodidad.

Él solo mostró una mueca que dibujó una falsa sonrisa y los convenció de esa forma que no era nada.

Se percató que su madre le regalaba tiernas miradas, como si aún las mariposas revoloteaban en su estómago, ¿cómo podría actuar de ese modo?,  lo mismo su padre, le devolvía su amor convertido en palabras y gestos. Lo más triste que tal vez ninguno descubra quiénes son en verdad.

Al menos que él se lo diga. Pero eso es otra historia.

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Gracias por la visibilidad.

    Le gusta a 1 persona

    1. Scarlet Cabrera dice:

      Gracias a ti.
      Excelente historia.

      Le gusta a 1 persona

  2. Manu Merino dice:

    Reblogueó esto en RELATOS Y COLUMNAS.

    Le gusta a 1 persona

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