SERIE LAS ISLAS/Archipiélago, 12: Isla Kafka by Félix Molina

Als Gregor Samsa eines Morgens aus unruhigen Träumen erwachte,                                                                          fand er sich in seinem Bett zu einem ungeheuren Ungeziefer verwandelt. 

OTTLA KAFKA – UN CURIOSO  – FRANZ KAFKA (EN ESPÍRITU)

La Isla Kafka no es una isla, sino un tren. En él viaja Ottla Kafka, la hermana de Franz, con la vista nublada, indispuesta, apenas reposando la mirada en la porción de paisaje que deja ver una ventana horadada en la madera del vagón. El campo. La fachada de otra estación. Una columna de humo.

—Ah, pero las islas solo deben estar pobladas por autores. ¿De qué es autora Ottla Kafka?

Ottla Kafka penetró en la habitación de su hermano, en su ausencia, en la anochecida praguense de 1922. Le gustaba hablar con él de sus escritos y continuarlos, aunque fuera mentalmente. También le gustaba su caligrafía, de hormigas devastadas, nerviosas, inquietas. Jugaba a imitarla y a dejarla escrita por sitios ocultos de la habitación del hermano, confundiéndola con la de él. Entre los meses de enero y marzo de ese año había concluido unos cuantos relatos suyos y varias cartas. Él, al verlos completados, achacó el olvido de su escritura a la fatiga. Ottla tenía una sonrisa tan hermosa como su imaginación.

—Disculpa, te he entretenido,  ¿a dónde le llevaba ese tren?

Al iniciarse el mes de octubre de 1943, Ottla Kafka se presentó en el sórdido despacho del Obersturmführer Burger, al mando de Terezín, que le ofreció galletitas y un destino seguro para ella, 52 compañeros y 1.260 niños que les acompañarían. Ottla tembló al escuchar ese adjetivo alemán.

—Un destino muy duro…

Peor. Cuando el tren que los transportaba llegó el 7 de octubre de 1943 a Auschwitz, pronto enfilaron el pasillo hacia la cámara de gas, entre oficiales risueños que no dejaban de asegurarles que todo iba a ir bien (alguno hasta se emperró en que Ottla le firmase un autógrafo como Franz Kafka, para una colección particular). Ella quiso, en todo momento, ir delante de los niños, acaso para que sus jóvenes retinas no se llevasen el penoso ejemplo de un buen puñado de sádicos con uniforme y sí el de su persona.

Pero ya no llevaba la sonrisa de 1922, la de la habitación de su hermano. Y a su imaginación prefería no invocarla…

Qué fragmento de Franz, escrito en su hondón, recordaría enfrentada a aquel delincuente simulacro de unas duchas, en qué lugar de su habitación lo habría dejado manuscrito, como quien no quiere la cosa.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Scarlet Cabrera dice:

    Una isla/tren simplemente fantástica.
    Kafka… ¡Grande!

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