SOMBRAS Y ESCALERAS by Brian Martin-Onraët

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Mañana, voy  a cumplir tres años sin dormir. No puedo creer que haya pasado tan rápido. ¡Tres años! ¡Casi mil noches! Mil noches blancas. Ni siquiera de insomnio. En tres meses se me quitó el sueño. Empezó un Lunes. Me desperté a las cinco de la mañana. Fresco. Sin sentir el más mínimo cansancio.

     Cada noche, dormía un poco menos. Al mes, dormía una hora, y amanecía como si hubiera dormido ocho. A los dos meses, dormía una hora cada dos, tres días. Y a los tres meses, dormí mi último sueño.

     Al principio, me preocupé. Fui a ver especialistas, psicólogos, homeópatas, «todologos». La mayoría me decía que no me preocupará, con este tono paternalista que adoptan ciertos médicos con sus pacientes:

     «¡Qué suerte! Hombre. ¡Yo duermo ocho horas, mínimo, y no me alcanza el tiempo!»

     U otro:

     «Mira, Yo duermo tres horas al día, y no necesito más. Una hora, quizá esté un poco fuera de las normas, pero… Si se siente bien, y veo que todos sus análisis están perfectos… No hay ningún motivo para preocuparse. Hábleme dentro de quince días si nota algo nuevo.»

     Fui a ver un psicoanalista. Me cobró más que cualquier médico que había visto. Me preguntó si me acordaba de algún sueño, cuando todavía dormía. Y en este momento encontré o pensé haber encontrado algo que pudiera explicar porque me había desertado el sueño.

     La primera noche que empecé a dormir menos me despertó un sueño. Y cada una de mis ultimas noches de sueño, volví a soñar lo mismo. Curiosamente, no me acordaba. De hecho, rara vez me acordaba de mis sueños. Pero al oír la pregunta del psicólogo, me acordé de todo. Era siempre el mismo sueño: una casa de sombras y escaleras.

     En el sueño, estoy en una casa enorme. Una casa anormal. No hay piezas, no hay muebles, algunas ventanas enormes dejan adivinar una colina atrás. Ni siquiera hay pisos. Sólo escaleras. Escaleras rectas, dobles, de madera, de mármol, de fierro colgando de un techo que no se alcanza a ver. Las escaleras suben y bajan, se cruzan, formando  un laberinto en tres ó más dimensiones.

     Empiezo a subir, al azar, una escalera. Hay sombras imposibles. Mi propia sombra se multiplica, a veces sube más rápido que yo. Tengo que correr para alcanzarla. Las sombras cambian las escaleras: estoy subiendo, entro en una sombra, y acabo bajando. Entro a otra sombra, y aparezco en otra escalera que había visto del otro lado de la casa.

     Y en el sueño, sigo subiendo. Algo me dice que la salida está arriba. ¿Cómo? ¿Dónde? No lo sé. Pero siento que es arriba, y sigo subiendo, cambiando escaleras cuando se cruzan…

     Hay un ruido, siempre presente, y más subo, más fuerte el ruido. Es como un zumbido. De unas máquinas lejanas. Arriba.

     Voy subiendo, buscando la salida de la casa, entre sombras y escaleras. Hay variaciones en los sueños: no siempre utilizo las mismas escaleras. Pero el final es siempre igual: en una u otra escalera angosta, me tropiezo, y caigo hacía abajo. Y me despierto, bañado de sudor.

     Este sueño fue la señal de mi insomnio. Intentaba acostarme más temprano, y, de hecho me dormía, pero cada día dormía menos. Me despertaba cada vez más temprano, después de soñar. Intenté acostarme tarde, con el mismo resultado. Cuando poco a poco me hice a la idea, sentí que era una tremenda oportunidad: ya iba tener tiempo de hacer todo lo que quería. Me sentía muy bien: ningún cansancio, ninguna molestia. No tenía sueño, ni lo necesitaba.

  Empecé a aprovechar las noches. Llevaba trabajo a la casa, y cuando todos dormían, adelantaba reportes, estrategias, conceptos. Me promovieron, con una pregunta asombrada: «¿Pero como haces? ¡Qué bárbaro! ¡Nunca he visto tanta capacidad de trabajo!»

     Quería salir todas las noches: ver todas las películas, todas las obras de teatro. Combinar un concierto, y la última función en el cine. Mi esposa se cansó primero. Decía que tenía que trabajar en la mañana, y que ya no podía del cansancio. A los seis meses, se fue, diciéndome que ya no podía vivir con un sonámbulo.

     Empecé a organizar fiestas en mi casa, que duraban tres días y tantas noches. Al principio, todos venían. Sabían que conmigo la fiesta nunca se acababa. Y poco a poco, se fueron a dormir. Tampoco aguantaban. ¿Quién los culparía?

     Al año, me di cuenta que yo estaba solo. Mis amigos inventaban disculpas para no venir. Mi esposa ya se negaba a pasar al teléfono…

     Dormir ya era memoria para mí. Había dejado de buscar respuestas en consultorios médicos. Sólo me acordaba de la casa de sombras y escaleras. Cuando llegaba la noche empezaba a buscarla.       Me metí al mundo de la noche. A los bares. A las discos. A los hoteles. A las cantinas oscuras. En los bares, hablaba con los meseros, los cantineros me acababan echando a la calle, muertos del sueño, los pies y la espalda dolida. Me escapé de varias peleas. Yo siempre llevaba una ventaja: nunca estaba cansado, y era más rápido que cualquiera.

     En los bares y las cantinas, veía de todo. Enamorados, parejas, «movidas», traficantes de todo, ejecutivos en busca de emociones.

     Las discos me aburrieron rápidamente. Ocupaba el tiempo, ligaba de vez en cuando con una chica esbelta de cabello largo y perfume fresco. Pero, después de hacer el amor, cuando ella se  dormía, yo ya no la podía acompañar, y me quedaba en la cama, escuchándola dormir, y pensando en la casa de sombras y escaleras. Después de algunos meses, dejé las discos.

     Los que viven en la noche, que viven de la noche, son seres extraños. Desfasados. Siempre hay un fondo de miedo, de violencia. Quién sabe, lo que se esconde en estas sombras, en esta puerta oscura, o en estas escaleras al fondo. La noche es un mundo de miedo, de placeres, de violencia.

     Paseando por las calles de la noche, iba a visitar a las putas, que venden placer contra sobreviviencia. La mayoría tristes,  gordas, o viejas, ni siquiera expertas. Prestan su cuerpo, y piensan en otra cosa. O si el cliente se tarda, fingen unos jadeos para completar la ilusión. Con los «regulares», si es que los hay, hablan del tiempo, y se dedican a su negocio, sin pasión, algo aburridas, como cajeras de supermercado. Terminan y se lavan el sexo, para esperar al otro cliente.

      En los bares, en las horas frías de la noche, preguntaba si alguien había oído hablar de una casa de puras escaleras. Algunos pensaban que yo era loco. Otros me hicieron una oferta, después de muchas copas: que les acompañará a «visitar» unas casas. Y así, sin darme cuenta, me volví ladrón.

     Servía mi propósito: estaba convencido que existía la casa de sombras y escaleras. «Visitar» casas por la noche, me daba de comer, y me permitía buscar la casa de mi sueño.

     Aprendí las técnicas de mi nuevo oficio. De un cerrajero no muy ético, compré, a precio de oro, un juego de alfileres y ganchos que usan ellos. Con mi «kit», abría cualquier puerta en un «dos por tres».

     Una noche, «visitando» la casa de un arquitecto que estaba de viaje a Miami, casi dejé caer mi lámpara: en una pared de su escritorio, estaba una foto enmarcada. El interior de una casa. Una casa sin piezas aparentes, solo escaleras, un laberinto de escaleras…

     Empecé a buscar en los papeles, los archivos del arquitecto, algo que me ayudará a encontrar la casa. Aparentemente, el arquitecto trabajaba mucho para el cine. Después de media hora, encontré planes. Había sido un trabajo para una película. Tenía la dirección.

     La encontré. Ya son las once, voy a entrar. Desde fuera, la casa se ve grande, pero sin nada especial. Está construida en un enorme lote, con una colina atrás, la de mi sueño.

     No hay nadie en la calle. Las casas más cercanas están lejos. Abro la puerta sin problema. Tengo una enorme tentación de prender las luces, pero llamaría la atención. Prendo mi linterna. La luz no llega al techo, pero aquí está todo: no hay piezas, ni pisos, solo sombras y escaleras. ¡La encontré! ¡Por fin! ¡La casa de sombras y escaleras, la casa de mi sueño!

     Es una locura de  escaleras, parece telaraña. ¿Qué película loca querían filmar aquí? ¿Y cómo la soñé? En los papeles del arquitecto busqué una referencia, algo, que me pudiera explicar, que igual lo conocía, o que él conocía un amigo mío y así, sin acordarme, me hubiera enterado de la existencia de esta casa, pero, no, no encontré nada.

     No sé si sea por la falta de luz, pero hay muchas sombras. Se comen las escaleras. Y eso que algunas hacen unos ángulos rarísimos.

     Escojo una escalera al azar, una que parece segura. A los diez metros de subida, empiezo a percibir el ruido: el mismo zumbido de mi sueño. Arriba, en la parte más oscura. La subida se hace más difícil con cada escalón: las sombras son como pesadas. La escalera se vuelve más angosta. Alcanzo a cambiar a otra, se mueve una sombra, ya no veo nada, se disipa, y siento que estoy caminando de cabeza. Viene otra sombra, me agarro de la escalera.

     ¡Se están deshaciendo los escalones! Se esfuma la escalera. ¡Trato de agarrar otra, pero ya, no puedo!

     ¡Estoy cayendo! Cierro los ojos.

*

     Hospital Santa‑Clara                          23 de Marzo 202...

     Secretaría de Salud

     Dr Jaime González

     Presente

     Ref. : Expediente No 5435bc3467‑h

Hoy, 23 de Marzo, el suscrito, Dr Javier Lechuga Pérez, Jefe de Sección, procedió a desconectar los sistemas de sobreviviencia artificial que mantenían en vida al Sr. …, desde el 23 de Marzo del 201.. Desde dicha fecha, hace exactamente tres años, el Sr…, había sufrido un trauma craniano en la región occipital, quedándose en coma profundo, sin ninguna actividad cerebral (ver reportes de encefalograma adjuntos).

La decisión de desconectar los sistemas de sobreviviencia se tomó en base al fallo. No 437872/dfk‑23 de la Segunda Corte Distrital rendido bajo petición de la Sra… Esposa del paciente.

La desconexión de los sistemas de sobreviviencia artificial, empezó a las diez AM, en presencia del Administrador del Hospital, y de la esposa del paciente. Terminó a las 10 y 20 AM.

La muerte clínica se constató a las 10 con 45 minutos AM.

Sin ningún otro particular,

     Atentamente

     Dr Javier Lechuga Pérez

 …….

El médico firmó la carta. Suspiró y llamó a su secretaria:

—Ana‑Luisa, por favor, manda la carta a la Secretaría de Salud.

—Sí, Doctor, ¿algo más?

     Lechuga se quitó los lentes, para frotarse la cara. Cuando abrió los ojos, dijo:

—Ay, Ana‑Luisa, otro favor: avísales a los de mantenimiento que revisen el encefalograma de Reanimación.

—Sí Doctor Lechuga. Pero… ¿No es este… El equipo que acaba de desconectar en la mañana? ¿El del pobre Señor?

—Sí. Este mismo. Fíjate que, pero no lo cuentes a nadie, ¿eh? cuando acabé de desconectar todo, y que al pobre tipo, se le declaró muerto, ya se fueron todos, y me quedé. No sé porque. Un “breakcito” de 10-15 minutos. De repente, oí un zumbido. Muy leve. Me acerqué a los equipos, y, a pesar de apagado, era el encefalograma que producía el ruidito…

—¿Y, entonces?

—Pues, lo volví a conectar, pensando que había un corto, o algo. Aunque, por supuesto, funcionaba perfectamente, antes de desconectarlo; la curva estaba perfectamente liza. Horizontal. Ninguna actividad cerebral. Pero, cuando lo volví a prender, ocurrió algo raro.

  —¿Qué pasó?

—Pues, es algo que nunca he visto, menos con un equipo desconectado: en vez de sacar un perfil con picos, u horizontal, apareció en la pantalla como una escalera.

Photo by Adrien Olichon on Pexels.com

Link al blog: https://equinoxio21.wordpress.com/

© BMO y Equinoxio

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7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Scarlet Cabrera dice:

    ¿Acaso no hemos estado —más de una vez, o alguna vez— entre sombras?
    Una historia reflexiva para subir las escaleras hacia el sí mismo.
    Muy bueno.

    Le gusta a 1 persona

  2. equinoxio21 dice:

    Gracias Scarlet. El título me salió a la mente un día. Sólo era escribir la historia.
    (Me gustó mucho la escalera al final. Está perfecta.)
    Cuídate
    Brian

    Le gusta a 1 persona

    1. Scarlet Cabrera dice:

      Gracias a ti.

      Amo las imágenes en todas sus manifestaciones. Son el complemento perfecto para acompañar a una historia.

      Le gusta a 1 persona

      1. equinoxio21 dice:

        Hay historias que escribo alrededor de un dibujo/pintura. Si quieres, te mando un ejemplo.

        Le gusta a 1 persona

      2. Scarlet Cabrera dice:

        Me gustaría. Envíamelo por favor.

        Me gusta

      3. equinoxio21 dice:

        Aunque ésta no es historia mía… 😉

        Le gusta a 1 persona

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