SERIE DE LAS ISLAS/Archipiélago, 13: Isla (o más bien habitación propia) de Virginia Woolf by Félix Molina

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Quisieron recorrer en barcazas todas las islas, explorarlas de lado a lado con antorchas y teas que alumbrasen cada rincón. ¿Cuántas mujeres poblaban aquellos mendrugos de tierra? ¿Qué se esperaba de ellas? ¿No habían versificado, no habían novelado, no eran dramaturgas ni ensayistas?

Ahora estaban reunidas en la parte más frondosa de la Isla Woolf. Mujeres de toda época y condición. Se alternaban vestidos que dejaban asomar encajes y hopalandas florentinas con escuetas levitas o trajes de chaqueta gris. Mary Wollstonecraft hija alargó el megáfono a Virginia. Se hizo un jardín entero de silencios.

– ¡Emily Dickinson, la rosa negra de nuestra poesía, la poeta más sensible y profunda de todos los tiempos, ni tan siquiera tiene una isla propia! *

Del jardín florecieron murmullos, que iban de acá para allá, moviéndose por las frondas. Emily, al fondo, armoniosa en su desolación, miraba hacia abajo, como si le acabase de fluir un río debajo del miriñaque. Mary Wollstonecraft tomó el megáfono y se dirigió entonces a todas, como desde una caverna:

 –No hay monstruo mayor que esta desidia. Qué antorcha puede iluminar esta vergüenza. No nos moverán de aquí hasta que un Comité de las Islas repare la injuria de no contar para nadie. ¿Son menos fantásticas nuestras narraciones? ¿Emocionan menos o son de menor inteligencia nuestros versos, nuestro drama o nuestros ensayos?

Tres damas españolas (María de Zayas, Carolina Coronado y Emilia Pardo Bazán) se ofrecieron para negociar la llegada del Comité. Serenas y enhiestas, todas las escritoras regresaron, envueltas en la noche y en la rabia, a las islas que injustamente compartían con un poeta, un novelista, un dramaturgo o un ensayista varón.

La mañana del día siguiente despertó con el aroma salino de las barcazas del Comité. Las mujeres se prepararon para el desfile de quienes tenían que sacar las castañas de ese fuego desigual y abusivo.

Y comenzó la procesión: sombreros de copa, de tres picos, gorras, tricornios, hongos, de alas anchas y cortas, mascotas, chisteras, bombines, canotiers y panamás se agolparon en una mesa central, en el pasillo que habían deparado las mujeres. No más de cincuenta hombres de toda época, pero de la misma condición, tenían que juzgar el destino en el infierno, en el paraíso o en el limbo de las letras de miles y miles de mujeres.

Aquella misma noche, Mary Wollstonecraft –ya con el Mary Shelley pegado a su solapa para siempre– volvió a escribir Frankenstein, sin necesidad de una mala ingesta de conservas.

*Nota: Es real que Emily Dickinson no figura en el mapa que es la base cartográfica de este archipiélago *Nota: Es real que Emily Dickinson no figura en el mapa que es la base cartográfica de este archipiélago (https://artsexperiments.withgoogle.com/ocean-of-books?latitude=0.0000&longitude=-0.0000&zoom=2.50)

Photo by Antonio Friedemann on Pexels.com

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Scarlet Cabrera dice:

    Todas, escritoras, eternas, revolucionarias, mágicas.
    En esa Isla, me quedo, alucinando.

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