PETRICOR by Marcos Bordón

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Bebía de sus labios el elixir de su rejuvenecimiento, recorría su tersa piel con una suavidad inverosímil. Ambos se entrelazaban como si el mundo acabase, el fulgor, el éxtasis de esos gramos de placer.

            —¿Qué me hiciste? —le interrogó—, se refería a que quizá le había lanzado un hechizo para que se enamore perdidamente de ella.

            —No seas tonto, ¿acaso no te das cuenta que nacimos el uno para el otro? —ella le guiñó un ojo y después le acarició el pecho desnudo tras su broma.

            No sabía si en verdad existía ese hilo rojo del cual hablaban, ni el amor a primera vista, más bien él creía que el lazo que nace entre las personas es cuando dos almas se complementan cuando en verdad se conocen y allí nace la magia.

Él se posó sobre su torso y se acomodó entre sus senos montañosos, esa levedad del ser donde cada uno se pierde en el trance del amor. Jugó con la areola del pezón y pasó sus blasfemados labios para gozar de la ambrosía que los unía.

Dedujo que ella sentía lo mismo cuando disfrutaba de darle placer, beber del jugo de su simiente y ese efecto de dulzura que lo alimentaba.

Quizá hasta era contraproducente desear más de lo debido, pues se sabe que cuando más deseamos, menos poseemos —se interrogó, mientras la contemplaba.

—¿Qué piensas? —interrogó con austera destemplanza en aquel recinto de dos almas casi enamoradas.

—Pienso en nosotros, en el destello que dejas cuando partes.

—Te has vuelto todo un romántico, te diré algo —se puso seria—, si piensas que puedes perder, lo perderás y si deseas tenerlo, lo tendrás, es así de sencillo la vida.

Fue una oportunidad para expresar lo que sentía.

—Anhelo que este momento no acabe jamás. Que me duerma y me despierte con la fragancia de tu respirar.

—Tampoco abuses maldito loco —bromeó ella.

 Sin embargo, él, lo decía con la salvedad de que aquella imagen paradisiaca de sus curvas se mantuviera como un espejismo en su cama.

 —¿Por qué me tratas de ese modo?, ¿es cómo si no encajo entre tus prioridades?, ¿acaso te avergüenzo por lo que soy? —interrogó meditabundo.

—No es eso Fabián, debes comprender que es mi trabajo y no puedo mezclarlo con amor. Nunca hubo un buen desenlace cuando ambas se juntan —sostuvo con frialdad—, mira, mejor mantengámonos de esta forma.

—No, no, no, ¡estoy harto que me ocultes y que utilices cuando tú necesitas!

—Cuidado con ese tono —ella amenazó y se preparó para marcharse, no iba a tolerar ningún tipo de reproche.

            Fabián cambió su semblante, tampoco ella tenía el poder de ordenarla.

            Acto seguido, tomó una de las prendas que estaban tiradas por el piso, enrolló aprisa y en un movimiento de prestidigitador, le rodeó por el cuello, ella ni siquiera tuvo la fuerza para dar guerra.

            La pelea duró apenas dos minutos.

            Fabián miró con extrañeza aquella bella muerte que ahora viviría allí como un mal recuerdo.

            Esperó a que no haya moros en la costa, buscó una pala y en plena lluvia, terminó el trabajo que inició a la tarde.

            Tras eso, solo quedó el perfume del desamor en la atmósfera y el césped que creció luego del petricor.

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Gracias por la visibilidad. Saludos.

    Le gusta a 1 persona

    1. Scarlet Cabrera dice:

      Gracias a ti. Siempre con tu envolvente inspiración.

      Le gusta a 1 persona

  2. Manu Merino dice:

    Reblogueó esto en RELATOS Y COLUMNAS.

    Le gusta a 1 persona

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