Parvada I: La apuesta de Garza por Ángel de León

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Imagen tomada de Unsplash

La última vez que el Mayor Garza estuvo en la Confederación Regia, ésta todavía se llamaba Nuevo León.

Aquella vez tampoco había visitado un abandonado almacén de tráileres, no portaba su rifle de asalto AK-12 ni el chaleco táctico con seis cargadores. Aunque quizá la diferencia más importante radicaba en que, en el antiguo Monterrey, nadie intentaba acribillarlo con una torreta M134.

—Paloma, ¿me copias? —dijo el Mayor Garza a través del comunicador de sus audífonos, tratando de enmascarar la ansiedad de su voz

—Claro y limpio, jefe —respondió la soldado sin expresión alguna en su tono. Ella estaba posicionada en lo alto de unos andamios.

—¿Tienes operador de torreta en la mira?

Silencio que se extendió por momentos que parecieron horas. Lo que sea que les hicieran en la escuela de tiradores de élite debía ser toda una tortura mental como para que Paloma permaneciera tan calmada a medio tiroteo.

—Negativo, jefe, tengo dos tiradores lanzando ráfagas de supresión cerca de mi posición. Si abro fuego, me detectarán .

«Entonces ella tampoco podía moverse».

—¿Aguilar, tienes la posición de tiradores? —probó suerte con su otro subordinado.

—45 metros desde tu posición al este, a la derecha del tráiler Dodge rojo —respondió el operador del dron, luego chasqueó los labios—. Tampoco puedes correr sobre la terracería a tu izquierda… Espera, lo tengo. El contenedor verde junto a la pared a tus 5 en punto, ¿puedes verlo?

Las cajas de los tráileres no ofrecían mucho en lo que se refería a cobertura, la vieja herida en la pierna le recordaría eso cuando estuviera viejo y las bolas le colgaran hasta las rodillas; pero en ese momento no había más opción. La posibilidad de que una bala atravesara la lámina y quizá lo hiriera era mucho mejor que la certeza de morir acribillado si no se movía.

—Lo veo.

El polvo del concreto desbaratándose por el castigo de la torreta se elevaba sobre la cabeza del Mayor. Sin más remedio que confiar en su escuadrón, Garza apretó los dientes en lo que escuchaba a Aguilar hablando consigo mismo, hasta que al fin éste sugirió:

—Enviaré el dron a causar una explosión de luz sobre el operador de la torreta. Tome en cuenta que tendrá apenas unos segundos antes de que los fosfolenses se percaten y cambien de posición.

—¿Puedes simplemente distraer a esos dos y que Paloma los fulmine?

—Son dos, jefe, no sabemos cómo reaccionarán a la explosión de luz.

Era un tiro difícil sin duda, si bien Paloma sería capaz de tomarlo, no era la mejor de las opciones; no quedaba más remedio que seguir las indicaciones de Aguilar.

Las vibraciones de los impactos de bala contra el concreto le avisaron a Garza que ya era hora de apostar.

—Aguilar. Hazlo, ahora.

Paso un momento antes de que una serie de destellos blancos salieran disparados por encima de Garza hacia todas las direcciones.

Inhaló profundamente, comprobó el cerrojo de su AK-12 y se echó a correr hacia el contenedor. Flashazos parpadeaban frente a él, detrás de él, y una vez las luces se hubieron extinguido, rondas salieron disparadas hacia su nueva posición.

Consiguió agacharse a tiempo antes de que le volaran la cabeza. Recorrió toda la extensión de la caja hasta tener en la mira a los hostiles. El resto siguió en automático: postró su AK-12 contra el hombro y disparó la primera ráfaga.

Como el rifle tenía un sistema de disparo doble que le permitía lanzar las dos primeras rondas sin recule, ambas acertaron justo en la frente del fosfolense.

En ese mismo instante su compañero se dio cuenta y levantó su G36K, Garza volvió a jalar el disparador.

Dos en el pecho. Otro hostil abatido.

—¿Paloma? —alcanzó a decir Garza sobre el sonido del metal de la torreta mordiendo el metal del contenedor que le daba refugio. Cada disparo parecía estar más y más cerca de alcanzarle.

—¿¡Paloma!?

Un solo cañonazo, tan poderoso que se sobrepuso al ritmo de la torreta, irrumpió en el almacén. El único sonido que siguió fue el del eco del tremendo cañón del L115 de Paloma.

—Elemento abatido, jefe.

Garza alcanzó a echar un vistazo mientras la nube de sangre del operador de torreta se disipaba en la oscuridad de la noche. Iba a decirle que debía responder en el momento, pero decidió que ya no tenía sentido discutir con ella lo mismo de siempre, era tan efectiva a su manera que tal vez quien estaba mal era Garza, pues con todos los años trabajando juntos en el PARVADA, ya debía haberse acostumbrado.

Suspiró, la adrenalina poco a poco empezaba a abandonar su cuerpo y resintió dos rozones de bala debajo del codo que ni siquiera sabía que tenía.

—No hay tiempo —dijo tanto para él mismo como para su escuadrón—. Con todo el desmadre que hicimos aquí, ya deben saber que están bajo ataque.

—No se atreverían a ejecutar a Quetzal —dijo Aguilar preocupado—. Si esa fuera su intención ya lo habrían hecho desde hace días.

—Es verdad, jefe.

Garza asintió y les comandó reagruparse en su posición. Pasaron treinta segundos antes de que la orden estuviera completa.

—Lo que me preocupa más es que cambien a otra casa de seguridad. Dar con esta fue mucha bronca —dijo mientras los miraba a los ojos—. Condori —Garza llamó al operador de UAV—, ¿algún movimiento?

—Negativo, nadie ha intentado salir del almacén.

Paloma se colgó su arma en la espalda y recogió la G36K de uno de los soldados fosfolenses que Garza había abatido, luego dijo:

—Estas cosas son bastante pesadas, bien podrían operar M4 o hasta un Xiuhcoatl F05 y ahorrar dinero en armas más efectivas.

Aguilar terminó de quitarle el silenciador a su MP5, luego se encogió de hombros.

—Ya sabes, estos fosfolenses se separaron de México argumentando que ellos eran los del varo. De alguna forma tienen que sostener sus mamadas, incluso con armas tan costosas.

Paloma levantó el rifle a la altura de su hombro y puso el ojo en la mirilla como si fuera a disparar. Hizo esto cinco veces seguidas, ajustándose al peso.

—Está bueno una vez te acostumbras al él —dijo mientras recogía otro cargador y lo metía en el bolsillo de su pantalón—. Vamos a ver si como roncan duermen.

Garza no dijo nada. Su padre, quien también había servido en las fuerzas especiales mexicanas, había operado la versión setentera de la G36K y decía que era un rifle un tanto incómodo pero que, si le dabas con él en la cabeza a alguien, bueno, ya no habría cabeza.

Considerando que no había mejor tiradora en todo México que Paloma, sería interesante ver el nuevo modelo de este año, 2032, en su máximo esplendor.

—Deben estarse cagando de miedo ahí dentro —dijo Aguilar señalando al objetivo: la edificación al fondo del almacén que sin lugar a dudas había sido transformada en una habitación de seguridad donde presuntamente estaría Quetzal.

—Ojalá sea miedo y no adrenalina —como la Confederación Regia era un pseudo-Estado relativamente pequeño, habían llenado sus filas con elementos de Compañías Militares Privadas, mercenarios, vaya, lo cual podía significar ex-Spetsnaz, ex-Deltas o —Dios los salve—, ex-SAS.

Aunque poniéndolo así, contar con alguien del calibre de un SAS entre sus bajas era algo de lo que cualquier soldado podría sentirse orgulloso.

—Cuidado con el cono de la muerte; miren bien sus esquinas, no contamos con el elemento sorpresa —lo cual los colocaba en la más plausible de las desventajas.

Los otros miembros del PARVADA asintieron y se dirigieron hacia la habitación de seguridad que, a juzgar por sus amplios ventanales, parecía haber sido una antigua oficina; el problema era que los habían tapiado poniendo barricadas con madera y, aunque pudieran atravesarlas con disparos, no sabían lo que estaba del otro lado; la única opción era «brechear» la puerta.

Garza y Paloma se colocaron a la derecha de la puerta, Aguilar a la izquierda con el mazo de «brecheo» en sus brazos, la MP5 colgando de su correa.

De nuevo el Mayor Garza inhaló profundo y, con un asentimiento de cabeza, indicó al hombretón que rompiera la puerta.

Bam.

La puerta de metal quedó agujerada en el centro.

—Lanza un granada de luz —dijo el Mayor y contuvo la respiración en lo que la explosión le indicaba que era momento de entrar.

En el acto, Aguilar tumbó lo que quedaba de la puerta con otro mazazo y Garza entró con su AK-12 por delante; con la adrenalina al límite, lo primero que hizo fue barrer las esquinas con la vista en busca de algún enemigo.

Nada detrás de la mesa. Nada detrás de la pila de concreto. Nadie sobre la ametralladora de torreta al fondo de la habitación.

Sólo una mujer morena de pie en el centro, tapándose los ojos con la mano derecha, en la izquierda llevaba un subfusil Scorpion checo.

Había manchas de sangre en la pared y en el rostro de la mujer. A juzgar por los hombres tirados en el piso, la sangre no era de la operadora, en cuyo parche se leía Pelotón Aéreo de Reconocimiento y Vanguardia de América. PARVADA.

—¿Pato? —demandó la mujer.

—¿Quetzal? —dijo Paloma entrando detrás de Garza.

—Mierda —se unió voz de Aguilar al coro de sorpresas—, no escuché ningún disparo, Garza. ¿Cómo te quebraste a estos vatos?

Aún confundido, Garza echó un vistazo a los cuerpos alrededor de Quetzal; eran cuatro elementos en buena forma.

—¿¡Pato!? —Volvió a demandar Quetzal, esta vez levantando su Scorpion hacia la dirección donde ellos se encontraban—. Responde hijo de tu puto padre o disparo.

De seguro la granada la había cegado.

Garza bajó su AK-12 y, con un suspiro, respondió:

—Con Z, ganzo. Código Pato, con Z, ganzo.

Quetzal bajó el arma.

—Chingado padre, Garza, ¿para qué vinieron? —se quitó la mano del rostro, sus ojos apretados.

—No dejamos a nadie atrás.

—Estaba a punto de regresar —argumentó.

Aguilar sacudió la cabeza.

—Nada de eso, el Alto Comando está impaciente. La situación de los rehenes en la Torre Naranja ha empeorado, no podían darse el lujo de apostar a que volvieras con la información.

—¿Apostar? —dijo Quetzal, luego escupió sobre uno de los soldados muertos a sus pies. A juzgar por la forma del rostro, parecía británico—. ¿Cuándo he fallado?

Garza se acercó a ella y le extendió una barra de proteína y su cantimplora, en caso de que los captores no la hubieran alimentado bien. A juzgar por el desmadre, Quetzal no estaba muy feliz con ellos.

—No era un asunto de si cumplieras o fallaras. Verás, la situación en la Torre Naranja está a nada de escalar a intervención Yanqui, el Comandante Supremo no corre con mucho tiempo, ayer amenazaron con matar a su hijo de entre todos los rehenes.

—Lo último que queremos es Yanquis aquí —aseguró Paloma.

Los cuatro asintieron casi al mismo tiempo.

Garza colocó una mano sobre el hombro de Quetzal y, mirándola a los ojos, que poco a poco recuperaban la vista, preguntó: 

—Dime que encontraste una vía alterna para infiltrarnos. Dime que podemos salvar a la familia del presidente.

Quetzal sonrió.

—Es una pena que para este trabajo aceptemos ser inexistentes —continuó sonriendo—, porque la medalla que nos hubieran dado por el rescate que se viene habría bastado para alimentar a diez generaciones de mi familia.

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

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