El privilegio de los difuntos por Ana Laura Piera

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Imagen tomada de Unsplash

El intenso frío me pegó como patada de mula; después fui consciente de la tierra, una tierra granulosa y húmeda que me envolvía cual mortaja. “Ni siquiera fui digno de una caja”, pensé. Abrí la boca y quise gritar de indignación y toda esa tierra se precipitó a mis entrañas muertas, asfixiándome. Tuve que hacer un gran esfuerzo para liberarme de aquel frágil envoltorio que me contuvo durante treinta y ocho años. Traté de no pensar en el futuro que le aguardaba y mejor me concentré en mi nuevo estado, supuse que ahora era un… fantasma.

Primero pensé que el mundo de los vivos estaría lleno de muertos en mi misma situación, pero no es así, siento que soy el único y la soledad me agobia ¿Dónde andarán los demás? ¿Por qué sigo aquí? Me siento olvidado, como quien ha perdido un tren. Trato de distraerme un poco recorriendo mi pueblo, San Javier; aquí abundan los techos de teja, las paredes blancas, las calles empedradas, y aunque no lo puedo respirar, sé que se pasea un aire limpio y vigorizante que sopla desde la montaña.

Es irónico, los que me conocieron en vida siempre pensaron que la bebida me llevaría a la tumba y en realidad fue así aunque no del modo que ellos se imaginaron. Fue Pascual Rodríguez el que empezó todo. Pascual acababa de regresar de Estados Unidos y estábamos en la cantina echándonos nuestros tragos, recordando viejos tiempos, y dijo que yo siempre le había tenido ganas a la esposa del Licenciado Castro, el Gerente del único banco de San Javier, un tipo calvo, panzón y pedante con quien yo nunca había cruzado palabra. Al calor del alcohol le seguí la broma, y debo reconocer que dije cosas bastante indecentes al respecto, lo malo es que el Licenciado estaba en otra mesa y al oír mis comentarios se me vino encima; él también traía sus copitas. Sacó una pistola, era pequeñita y me pareció de juguete, me reí, y entonces su cara se tornó feroz; traté de arrancarle el arma y en medio del forcejeo se escuchó un disparo y sentí algo caliente que iba derritiendo mis entrañas, todo empezó a desvanecerse y luego vino la oscuridad.

Nunca he sido vengativo, pero la verdad no tengo mucho que hacer, así que esta noche de luna llena me dirijo a la casa de mi asesino. Una de las ventajas de mi nueva realidad es poder atravesar muros y puertas; subo por la escalera y encuentro el dormitorio principal, ahí en el lecho su gorda silueta lo delata, junto a él está su esposa, de verdad que está buena la vieja ¿Harán el amor los fantasmas? No lo creo, el cuerpo carece de la consistencia necesaria para eso. El muy cabrón duerme en su casa cuando debería estar en la cárcel, después de todo quizás sí se merezca esto. Le toco los pies con mis manos heladas, se estremece, pero no despierta; ahora se los zarandeo muy fuerte, con ganas, y se incorpora rápidamente con el rostro desencajado, su mujer también se ha despertado y está toda pálida.

Ya llevo una semana visitando la casa del Licenciado y cada vez lo disfruto más, ahora el pobre duerme solo, su esposa se ha ido a otro cuarto. Él ha intentado de todo: ha traído a un curita a “limpiar” la casa, ha dormido en otras habitaciones y hasta en otras casas, pero yo lo sigo, esto ya es algo personal. Ahora mismo lo estoy viendo, sus ojos abiertos como platos y con unas ojeras inmensas; ya sabe lo que viene. Esto sí que es divertido y él ni siquiera sospecha quién es el que lo visita. ¡Privilegio de los difuntos!

Blog de Ana Piera: Píldoras para soñar.

10 comentarios sobre “El privilegio de los difuntos por Ana Laura Piera

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