PINTAR SOBRE LA REALIDAD by Alejandro Villaverde Viayra

Photo by Karolina Grabowska on Pexels.com

La vi desde que fue revelada en el museo de arte moderno.

Me enfermaba.

Incluso si mi educación debiera capacitarme para apreciarla, no entendía el arte moderno. Esos colores sólidos y cuadros abstractos pintados en pigmentos patentados me parecían una perversión, pero no había sido ese motivo por el que sentí un repudio natural por la pintura.

No, más allá de la confusión, algo en ese lienzo completamente negro me producía un disgusto absoluto. Era como un agujero en la realidad y no me refiero a esa clase de agujeros que estarían más adecuados en el espectáculo de un mago que en un museo de arte, me refiero a un literal agujero en la realidad, no solo en la pared.

La madera que sostenía el lienzo tenía aproximadamente cinco centímetros de ancho y su presentación no tenía ningún requerimiento especial como espejos o cierto tipo de iluminación. Era pequeño, treinta por treinta centímetros, y bien podía pasarse de largo porque no se le había dedicado una sala completa, solo había sido colgado con todas las demás obras mucho más reconocidas (muchas de ellas, imitaciones perfectas prestadas por fines de exhibición). Incluso si reconocía todas esas propiedades físicas del lienzo, sentía como si pudiera meter la mano en esa oscuridad.

Era negro absoluto. El color del vacío. Absorbía activamente toda la alegría de la sala.

Llevaba mucho tiempo sin ver arte moderno o por lo menos esa clase de arte. Fue necesario revisar los demás cuadros a detalle, buscar otros más en mi teléfono incluso si la experiencia no era la misma. No, no me había deshabituado, esta pintura tenía algo especial.

Era evidente que no era el único que pensaba eso, porque la pintura estaba ahí colgada en un museo que llevaba tiempo sin obedecer a su nombre. Aquellos que hablaban contra esta clase de arte como poco productivo y creativamente estéril habían ganado la lucha con ayuda del gobierno y todos los cuadros de colores colapsaron en precio, todos los artistas huyeron despavoridos a terrenos más verdes donde su arte fuera apreciado y así fue como lentamente esta designación fue llegando a su fin, al menos en este país.

Una vez que sus enemigos se aseguraron de que estuviera bien muerto, cogieron el cadáver y lo exhibieron por su valor histórico incluso cuando previamente afirmaban que se trataba de una afronta contra la sociedad y un daño activo contra la cultura. Desde entonces, no hubo más arte conceptual, por eso fue un revuelo que apareciera este cuadro particular.

Revuelo que movilizó poco menos de veinte personas. Dieciséis personas y un abogado.

—El negro pertenece a mi cliente, junto con el azul de esa otra pintura y el marrón de la derecha —criticó, apuntando a la obra develada y a otras más que al acompañaban incluso si habían sido creadas mucho antes de que su cliente «inventara» los colores.

Aunque mi perspectiva sobre el arte había cambiado una vez que desapareció, aquellos artistas de sobrevivieron probablemente lo hicieron porque eran tal cual los describían. Restaban al arte más de lo que aportaban, eran pretenciosos y carentes de significado, un acto publicitario más que una necesidad de expresión.

Por eso habían cogido la cabeza del movimiento y lo habían colocado en una pica. No querían que se olvidara, al contrario, querían que estuviera presente para que la gente pudiera seguir sintiéndose disgustada.

De esta forma, terminé por segunda vez con la pintura cerca de mí. Aunque la había presenciado como espectador, también trabajaba en el museo, normalmente asegurándome que las pinturas no sufrieran daño por el ambiente, a veces haciendo algunos trabajos mínimos de restauración y, al parecer, era también el más indicado para probar si un pigmento había sido utilizado sin pagarle al dueño.

El autor de esta pintura negra, llamada Terror, era famoso por trabajar a puerta cerrada. Tan científico como artista, hacía variaciones químicas para alterar los tonos y texturas de sus pinturas que podían ser como las de cualquier otra persona. A pesar de que sabía eso, tuve que hacer la prueba y extraer lo más cercano a una partícula de pintura.

Normalmente era hábil con las manos, pero algo en el cuadro me dificultaba captar su profundidad y parecía como si hubiera una gravedad en él, como si algo jalara mi herramienta hacia el centro y no hacia uno de los residuos que ni si quiera quedaba a la vista.

«Rómpeme, destrúyeme, aniquílame» parecía susurrarme. Nadie me culparía por un trágico error. Probablemente perdería mi trabajo y toda credibilidad, pero no habría consecuencias legales tan importantes, esas cosas sucedían.

Una vez obtenida la muestra pude probarlo junto con una muestra de «N E G R O» que trajeron en un maletín blindado contra catástrofes pequeñas y en una porción tan pequeña que apenas si podía verse en el microscopio. Mientras las examinaba, tenía dos hombres armados con grandes escopetas detrás de mí vigilando que no me atreviera a robar el color.

—Completamente diferentes —No lo dudé en ningún momento. Pero las pruebas no mentían.

Pasé las siguientes semanas escribiendo todas las diferencias químicas, llenando formatos y testificando en nuevos y nuevos juicios en los que el artista me enrevesaba con tal de agotarme. Podía quedarse su negro, pero no lo dejaría poseer el negro de la realidad. Era mi deber civil plantarle cara y detenerlo.

Tuve que viajar, declarar en tribunales internacionales y resistir todo tipo de escrutinios y críticas. La certeza de guardar los resultados fue clave cuando incluso salieron a la luz otros resultados alterados por personas que terminaron siendo demostradas como fraudulentas.

Todos esos eventos hicieron que durante meses me olvidara de que la pintura existía. No fue sino hasta que pude regresar a mi trabajo usual que la pintura volvió a visitarme, o lo que quedaba de ella.

Alguien la había cortado con una navaja varias veces y con suma violencia. La habían destruido completamente.

Y aún así, vista desde cierta perspectiva, parecía haberse vuelto más profunda todavía.

Intenté restaurarla, pero no me fue posible. Constantemente estaba al borde de vomitar por las nauseas y el vértigo que me causaba, el malestar me impedía concentrarme y conseguir el negro exacto con el que estaba pintada. Demasiado brillante, demasiado mate, no lograba algo tan aparentemente sencillo.

No era mi primer trabajo de restauración. Podía recrear la morena musculatura de un nativo de mi país, el marrón necesario para distinguir la tierra de la arena y las sierras del norte de la cordillera oriente, podía pintar en miles de variedades de verde las plumas que ataviaban las vestimentas de ese pasado mítico de bosques alternados por desiertos.

Como artistas, durante años construimos un momento histórico de paz en el pasado que antes no estaba ahí. Nos empujaron a hacerlo y lo creamos con tanta certeza que ahora ese momento histórico era la realidad objetiva que creíamos retratar bajo la etiqueta de realismo.

En esa realidad, ese agujero negro no pintaba nada. La persona que la destruyó fue proclamada como un héroe y mis superiores no se preocuparon cuando reporte que me era imposible recrearla invitándome a intentarlo otra y otra vez.

Luego de un año de trabajo, en el que fallé incontables ocasiones, terminé rindiéndome y entregando lo más cercano que había hecho. Nadie notaba la diferencia.

Ahora está colgada en ese mismo espacio, pero carece de profundidad. Era tan interesante como ver un muro.

Mi fracaso fue colocado como un trofeo. Había pintado sobre el único agujero que quedaba a la realidad.

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